¿Podemos elegir? Quienes nos asumimos de izquierda y hemos votado por esta opción política desde 1988, ¿en verdad podemos escoger entre las opciones que se nos presentan, irrevocablemente, como dos males contrapuestos? En 2018 -o, debería decir, en cada elección desde 1988-, este dilema no existía para quienes nos identificábamos con esta parte del espectro político: una y otra vez, la decisión era entre el statu quo, representado sucesivamente por el PRI y por el PAN, o decantarnos por quienes representaban una auténtica alternativa progresista, representada sucesivamente por el PRD y por Morena o, más bien, por Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador.

Aun perdiendo -o siendo víctimas del fraude electoral, como en 1988 o 2006-, podíamos tener la conciencia tranquila: nuestra apuesta era contra el autoritarismo, la falta de democracia, el neoliberalismo -incluso cuando apenas nacía en nuestro país-, la desigualdad, la corrupción, la absoluta y apabullante falta de justicia. Una y otra vez, infatigablemente, la voluntad de transformación era la misma, sumada a la de sobreponerse una y otra vez a las derrotas o a las trampas. Y una y otra vez, la historia pareció concedernos la razón: los sucesivos gobiernos de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña -tres décadas fatales- se revelaron, a la postre, bien como decepciones, bien como auténticos desastres.

Las promesas de modernización -forzosa, antidemocrática, desde arriba- fracasaron estrepitosamente en los casos de Salinas y Peña, desbancados en la más grotesca corrupción; Zedillo y Fox, cada uno a su modo, intentaron un cambio que, por inercia o impericia, se les escapó entre los dedos; y Calderón sumió al país, con su “guerra contra el narco”, en la peor era de violencia que ha sufrido México desde la Revolución, y en la que, por desgracia, continuamos. No hay duda de que estos treinta años representan, sí, la evidencia de que la “mafia en el poder” no hizo otra cosa que hundirnos en un pantano del que no hemos logrado salir.

En 2018, por primera vez los votantes de izquierda pudimos festejar un triunfo claro, certero, apabullante. Parecía como si, al cabo de esta trágica oscuridad neoliberal, al fin la mayoría del país se hubiera dado cuenta de la urgente necesidad de un cambio radical de rumbo. Desde quienes militaron en el pasado en el Partido Comunista hasta quienes se identifican como socialdemócratas, pasando por cientos de activistas de distintas causas progresistas y de derechos humanos, más millones de ciudadanos hastiados del pasado inmediato, celebramos juntos la esperanza.

Una esperanza que, tres años después, no solo no se ha consolidado, sino que en muchos sentidos se ha extraviado por completo. Sin duda tres años son pocos para erradicar tres décadas -a nadie habría que exigirle resultados tan rápidos-, el problema es que, en este tiempo, AMLO y la 4T no han visto detenidas sus promesas de cambio por el bloqueo de la oposición -en la práctica, inexistente- o los factores reales de poder, sino por su propia ineficacia y, más dolorosamente, por la traición sistemática a buena parte de sus promesas de campaña y, en general, a la agenda de la izquierda.

En tres años, AMLO mantiene su compromiso contra la corrupción y la desigualdad, pero a la vez ha militarizado al país en una escala que ni siquiera Calderón intentó; se ha enfrentado absurdamente con cualquier otro movimiento social distinto al suyo; ha desgastado la capacidad de acción del Estado con una austeridad que solo en el nombre no es brutalmente neoliberal; ha descuidado por completo la reforma de nuestro petrificado sistema de justicia; se ha negado a una reforma fiscal que afecte a los más ricos; y, para colmo, cobijó la pésima gestión de la pandemia por parte de López-Gatell, que provocó más de medio millón de muertes (aunque luego se haya beneficiado de la más o menos eficaz campaña de vacunación).

Repito: ¿podemos elegir entre quienes ya condujeron a México al abismo y quien, tras prometer el cambio, se obstina en traicionar una y otra vez la agenda que lo llevó al poder?

@jvolpi

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