Irapuato, Guanajuato.- Con días de anticipación a la calendárica fecha del lunes 20 de marzo, día acordado por la ciencia como inicio primaveral de este año 2023, una sonora variedad de trinos, gorjeos o cantos de aves bien se puede decir que pregonan desde una época tantito-temprana la entrada de un, ya, más bondadoso amanecer, sobre Paseo de la Alborada, en Villas de Irapuato. También es de hacer notar que la altura de sus vuelos entre los ramajes vecindarios no exceden la altura de los arbotantes situados en los camellones y, en consecuencia, efímeramente van surgiendo enjambres de sombras sobre los pisos al paso libre y voluntario de estos nómadas animalitos caracterizados por sus alas. Se dice que la cercanía de la primavera es un tiempo ideal de apareamiento de sus especies para recibir a los críos bajo una condición climática favorable. Y se sabe que mientras nosotros escuchamos su canto audible como un fenómeno pacífico y tranquilizador, esos sonidos vienen en realidad motivados por la rivalización de la avifauna en busca de los naturales propósitos de procrear. Desde luego habrá que anotar que la magia quieta sucumbe con el inicio del día por efectos y defectos de lo que llamamos el mundanal ruido. El vuelo libre de las aves queda de alguna forma supeditado al elevarse la frecuencia de los sonidos urbanos: motores y llantas automotrices, los ladridos continuos de perros custodios, las fricciones sonoras de numerosas suelas de calzados deportivos sobre piso de las calles adoquinadas y las pláticas crecientes a voz alzada de personas con teléfono celular.

Dentro del dinamismo evolutivo del planeta sabemos que la vida, en todos sus órdenes, marcha inexorablemente entre principios, evoluciones y finales. Prueba de ello es que a lo largo del estar el individuo deja de ver cosas que fueron de su familiaridad temprana y tiene luego que aprender a verse entre detalles nuevos que la modernidad le aporta. En un chico rato el bullicio de las parvadas que aquí se comentan quizás no me entreguen la paz que ahora disfruto o, tal vez, un servidor ya no tenga la libertad de deambular entre las frescas oscuridades que anteceden a los albores del día. Pero, como dice el refrán: “lo bailado nadie lo quita”. Al hacernos personas grandes vivimos atiborrados de, ya, imprecisos recuerdos e inciertas conjeturas. Y una verdad absoluta e ineludible es que, yo mismo, ignoro hasta cuándo las aves canoras alegrarán las laderas de este Cerro de Arandas.

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