El detalle de leer coloca en ocasiones fortuitas disimilitudes sobre las que hay recapacitar con atención. En un escrito de Pedro Miguel Lamet, titulado como: “El retrato secreto de Jesús de Nazaret”, se escribe que el bíblico Lázaro, después de revivir, no pudo dar mayor razón de lo que le había sucedido. Sin embargo, el autor del libro anota que: “Morir es como atravesar un túnel y perderse luego en un abrazo de luz, sólo de luz”. Estimado lector, yo recuerdo haber dejado de vivir en el interior de un quirófano por breve espacio de tiempo; todo ocurrió después de haberse llevado a cabo una intervención quirúrgica para resolver, en la joven humanidad de mis doce años, una muy grave perforación intestinal. Y sí, tal vez en el curso de algunos segundos atravesé el túnel y me perdí en el abrazo de la luz, sólo de luz, siguiendo unas manos etéreas que marcaban caminos indefinibles´. Todo frente al llanto y al azoró de personas técnicas, espirituales y familiares que acompañaban el crítico momento dentro de en un pequeño quirófano recordado. No obstante, ¡volví! El libro que arriba se menciona mantiene la relevancia de la resurrección de Lázaro por, claro, el milagro y su amistad con Jesús. Y muy seguramente, también por los ruegos de Marta y María, hermanas del aquel, llamémosle, temporal difunto.

Ya se imaginará usted, estimado leyente, que el revuelo de estar vivo por segunda vez, a Lázaro, le fue un hecho admirado por muchos y repudiado por otros tantos, de acuerdo con lo controversial del momento en la espiritualidad que reinó su lugar y su época. Mi caso, claro, se circunscribió a un dolor familiar y lejos estuvo de mantenerse en el nivel de lo siempre recordable, sin embargo, me atrevo a reconocer que un esfuerzo profesional de un renombrado cirujano de apellido Jolly, me permitió, hasta ahora, pisar con determinación la faz de la tierra. Recuerdo que anestesiado sólo localmente me pude percatar de mi gravedad al mencionarle el doctor a mi padre lo siguiente: “Roberto, tú y yo somos amigos, pero con pena te digo que la gravedad de tu hijo no me permite responder de él ante ti”. 

Lázaro, a saber, de sus hermanas, en su renacer se comportó como una persona ausente que, sin perder la paz, sufrió algo así como una extraña nostalgia. Yo, tal vez por la juventud de mi caso, se me permitió llevar una vida normal como la de quizás otros muchos renacidos.  

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