Siendo persona desde otros muy pasados tiempos, recuerdo con respeto y admiración aquella voz popular que identificaba o relacionaba, con respeto, a un declarado benefactor o amigo nombrándolo con el término de “el valedor”: persona que protegía o apadrinaba en el seguimiento de una causa a todo aquel cercano personaje que tenía una necesidad de apoyo. Se dice que, por ejemplo, para Tomás Mojarro, escritor y periodista de oficio ya fallecido, el término de “el valedor era sinónimo coloquial de amigo o de quien se “da a valer” y en un diccionario de americanismos aparece el término “el valedor” como el amigo que se solidariza incluso ante las circunstancias más adversas. 

En la literatura nacional, el término, con sus muy particulares concepciones, llegó a ser expresado por Carlos Monsiváis o Elena Poniatowska y, por qué no decirlo, también lo escuché de Adrián Uribe, El Vitor, que solía expresar el término bajo una característica jocosa de manera singular. Y bueno, en medio de un aparecer y desaparecer activo y dinámico de palabras, el lenguaje actual, pareciera no tener necesidad social de apoyarse en la fuerza y la bondad del término que identificaba aquel “valedor” de antaño. Y, sin embargo, estimado lector, confieso que, hasta ahora, felizmente, me doy cuenta de que desde 2015 existe una organización de la sociedad civil que, a través de la creación de redes de apoyo y la difusión de la cultura y el arte, brinda oportunidades para las personas sin hogar y excluidas de la sociedad que cuenta, entre variadas actividades, con una interesante revista callejera llamada “Mi valedor”, en la CDMX.

Los saberes pasados y las costumbres de ahora son en realidad figuras cambiantes que en la cercanía de su moda vibran y acompañan sus propios aconteceres. “El Valedor” del tiempo que ya algunos dejamos atrás, no se escucha más entre las charlas diarias de banquetas o bajo las penumbras de rincones sociales. El término parece haber llegado al final lingüístico de su aplicación. Y, sin remedio, la persona que vive el día con día tendrá que elegir sobre las novedades del tiempo o de plano agazaparse en la irreversibilidad y la obcecación de morar, en forma muy particular, otro acontecer del mundo.

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