Sin siquiera dudarlo afirmaría sobre el presente escrito que debe de existir una multiplicidad de bibliotecas caseras entre las numerosas direcciones domiciliares. Es claro que, en un entorno de carácter personal, la necesidad de conservar conocimientos básicos e impresos que llegaron a esbozarnos senderos culminantes sobre nuestros bibliográficos caminos del “ser”, deban de estar. Esos, los saberes preferidos, tenían la gracia de situarse preponderante entre las abigarradas y físicas estanterías de lo muy personal, lo emocional y casi lo sagrado. De esa manera ocupándose los estratégicos y divisorios muros hogareños llegaron a convertirse en estanterías colmadas de libros que requerían de plumeros para desempolvan sus lomos, rencuadernaciones y desinfecciones termiticas.

Ahora, claro, con el avance tecnológico el simple y atinado clic sobre un teléfono celular conectado a internet con dimensiones por demás mínimas y portables, responde de forma específica a cualquier información requerida que se digite sobre su teclado; dejando, por supuesto, sin encono, las antes necesarias visitas físicas a los espirituales espacios bibliográficos con sus silenciosas y minuciosas búsquedas.

El cambio de las cosas, en la actualidad, rebasa el sueño nuestro. Imaginemos que los científicos del tiempo dijeran de repente: mañana, ya, habrá que radicar en Marte. Sé, por supuesto, que, como persona, no tendría que dirimir entre nimiedades como el color de camisa que tendría yo que portar para hacer el viaje interplanetario. La inmediatez es una carga irremediable que el tiempo ha puesto sobre nuestras espaldas, y su efecto, desde luego, puede ser más significativo que el oprimente peso asignado para el más poderoso dorso mecapalero. Sí, desde luego, la vorágine digital que ronda a los actuales intelectos ha condenado a no perdurar con los antiguos enseres de trabajo y los ha sustituido por una simple pantalla de computadora con información inconmensurable y facilidades fantasmagóricas de transferencia absoluta sobre todo tiempo y lugar. 

¿Bueno, y, a fin de cuentas, entonces, Ur, los celtas y Tenochtitlan en qué lugar quedarán cuando tecléenos el computador? Ahí estarán… sin embargo, el caso es poder entender que el hecho de estar morando sobre una etapa en la que el “antier” es la conexión casi más remota del ordenador, tendremos que el concepto histórico del mundo ha cambiado, siendo ya una buena y segunda opción lo calendárico.

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