Desde que Platón concibiera La República, hacia el 375 a.C., decenas de filósofos y políticos han imaginado -o intentado poner en práctica- sociedades ideales: utopías minuciosamente planeadas en donde reinan la igualdad y la armonía. Las revoluciones posteriores, de la francesa de 1789 a la rusa de 1917, pasando por la mexicana de 1910, han abrazado idéntico principio: desmantelar el pasado y reconstruir el mundo conforme a su visión. A la distancia hemos constatado que estos esfuerzos totalizadores incuban un germen totalitario; en su afán por imponer sus ficciones a todos los demás, lo que no se tolera es la disidencia: de allí el empeño platónico por expulsar a los poetas.

El conjunto de veinte reformas constitucionales y legales presentado por el Presidente en estos días proviene de esta tradición. Dejemos de lado la arrogancia del líder que, a escasos meses de concluir su mandato, se obstina en imponerle un camino único a su sucesora; la magnitud de su sueño no solo ha de leerse en clave electoral -por más que haya vuelto a imponer su agenda a los demás actores políticos-, sino como una novela de anticipación que nos presenta su México ideal: un México a la medida de sus anhelos, caprichos y contradicciones. Un México que es su autorretrato.

Al describir las costumbres de los habitantes de esa isla a mitad del océano que no conoce la desigualdad ni el conflicto, Tomás Moro detalló sus costumbres y hábitos e incluyó ejemplos de su poesía. Más prosaico pero no menos idealista, AMLO imagina un México feliz: un sitio donde los pobres cuentan con un salario justo y sus hijos con becas, los empleados esenciales de la República ganan dignamente, los campesinos y los pueblos originarios están protegidos, las pensiones equivalen al 100 por ciento de los sueldos, jóvenes y adultos mayores obtienen ayudas del Estado, la atención médica es universal y gratuita y todas las personas poseen un buen trabajo.

Un escenario que no podría ser más encomiable. La cuestión es que, como ocurre con las utopías de Moro, Bacon o Campanella, se trata de una ambiciosa ficción: si bien unas cuantas metas son factibles -y otras ya han sido puestas en práctica-, durante seis años López Obrador no solo no mejoró la salud y la educación, sino que provocó en ellas drásticos retrocesos. Nadie negaría las pensiones equivalentes al salario o altos sueldos para los profesores o el personal sanitario, pero el proyecto no propone cómo financiar su fantasía. Absurdamente, el Congreso -y en particular la oposición- se verá abocado a discutir y en su caso aprobar una utopía personal sin sustento en la realidad.

Desde Platón, lo peor de estos sueños se esconde en la letra pequeña: no en sus metas -liberté, égalité, fraternité-, sino en cómo el Estado se asegurará de que nadie cuestione sus métodos para alcanzarlas. Igual que al filósofo, a AMLO le encantaría que en México solo hubiera tres clases sociales: los trabajadores, los guerreros y los gobernantes-filósofos (como él mismo: probos y austeros). A los segundos les confiere todas las facultades para mantener el orden: el Ejército y la Guardia Nacional se transforman, así, en los bastiones de su República. Y, si a alguien discrepa, se enfrenta a la ampliación de la prisión preventiva oficiosa: basta que alguien acuse a un ciudadano de evasión fiscal para encarcelarlo. La extrema prohibición de las drogas no es sino otro elemento de control: el Estado controla los cuerpos.

Nadie debe competir con el benigno rey-filósofo: por ello se impone eliminar los organismos autónomos y los diputados y senadores plurinominales, así como controlar a los jueces (que, para ser elegidos en las urnas, formarán parte de la maquinaria oficial). Quizás lo más significativo de la utopía 4T es lo que no contempla: una verdadera reforma a la justicia o al sistema fiscal. La historia he demostrado, por desgracia, que las utopías suelen convertirse en distopías: volvamos a Zamiatin, Huxley, Orwell. Queda claro, en todo caso, que AMLO también querría expulsar a los poetas: a cualquiera que critique su impoluto y autoritario México ideal.

@jvolpi

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