Francisco fue el primer Papa en visitar el Palacio Nacional en México. Fue recibido con protocolo de jefe de Estado por el Presidente y su esposa, en el mismo recinto donde los gobiernos liberales rinden pleitesía al benemérito Benito Juárez, personaje históricamente condenado por la jerarquía eclesiástica. Entonces, la clase política se dio cita en Palacio Nacional, ansiosa por capitalizar la visita y tomarse la foto con el Papa durante el besamanos.
La visita del Papa fue un intento por reconectar a una Iglesia, sitiada por sus propias sombras, con el pueblo que aún clama por justicia, dignidad y verdad. En sus palabras vibró la denuncia, pero también el consuelo; en sus gestos, la humildad de un pastor que quiso ensuciarse los pies donde muchos príncipes del clero han preferido no pisar. También, sin duda, su visita estuvo obligada por las circunstancias: reforzar su liderazgo fuera de los muros del Vaticano, estrechar manos y construir alianzas con gobiernos y pueblos. Lo necesitaba, se encontraba aislado por una Curia romana que él mismo describió como una estructura capturada por “príncipes” que querían controlar al sucesor de Pedro.
Históricamente, la relación entre el Estado mexicano y la Santa Sede ha sido compleja. El triunfo del liberalismo en México propició profundos cambios que consolidaron la secularización del poder político y la separación entre los ámbitos público (Estado) y privado (Iglesia). Las leyes de Reforma limitaron los privilegios del clero, desamortizaron sus bienes, derivando en una guerra fratricida y excomuniones para los liberales.
Carlos Salinas de Gortari, para legitimar su controvertido triunfo electoral de 1988, recurrió al respaldo del Episcopado mexicano, que asistió con indumentaria solemne al ungimiento; también hizo un quid pro quo con el PAN, que luego le retribuyó con las ominosas concertacesiones, incluyendo Guanajuato. A cambio del apoyo eclesiástico, impulsó reformas constitucionales que restablecieron relaciones diplomáticas con el Vaticano, entre otras. El nuncio Prigione fue un attached de las políticas del Presidente.
Los mayores desafíos para el Papa estaban dentro del Vaticano. Los intereses creados, las viejas resistencias y las maniobras de los llamados “cuervos y víboras”, como los describió el cardenal Bertone, representaban una fuerza opuesta a su intención de transformar los lujos y ambigüedades de la jerarquía. “Roma, como retrata Paolo Sorrentino, parece a veces un mosaico obsceno de decadencia, donde las fiestas de la nobleza eclesiástica exhalan los siete pecados capitales con una naturalidad perturbadora”: El País.
Durante sus homilías en México, utilizó un lenguaje sin ambigüedades y reprendió severamente a los obispos mexicanos: “No se sientan príncipes… pónganse las sandalias y busquen a sus ovejas”. Muchos de esos “príncipes” jamás habían empolvado sus zapatos en contacto con el pueblo. Continuó: “No se dejen seducir por los acuerdos bajo la mesa, bájense de los carros de los faraones, aléjense de las intrigas, y los clubes estériles de intereses y consorterías”. Mientras, Norberto Rivera ponía los ojos en blanco y hacía como que la virgen le hablaba…
Pero también hubo palabras profundas de ternura y consuelo hacia el pueblo mexicano, marcado por la desigualdad y el sufrimiento. La palabra que más repitió fue “esperanza”. Esa esperanza tantas veces prometida, tan esquiva en los hechos. Hace dos mil años, las muchedumbres que seguían a Jesús eran pobres, dolientes y miserables. Hoy siguen siéndolo, y siguen escuchando que la esperanza está por llegar. ¿La esperanza a la que aludía Francisco era para este mundo o para el otro, si existe?
El filósofo Schopenhauer afirmaba que “la carencia es intrínseca a la existencia”. El ser humano es deseo y necesidad, jamás plenitud. Si fuéramos completos, no desearíamos. Pero no lo somos: nos hace falta todo, incluso la vida misma. Así, quedamos atrapados en el ciclo inacabable de necesitar y desear.
México es uno de los países más católicos del mundo; sin embargo, la fe es más un ritual que un proceder cristiano. A nueve años de aquella visita papal, la violencia ha aumentado, la pobreza se ha profundizado y la injusticia no cede. Algo no está funcionando: la religión, los gobiernos, los empresarios, o tal vez todos. Aunque la utopía del mundo feliz, como decía Galeano, nunca se alcanza: cuando avanzas un metro, ella se aleja otro. Pero sirve para eso: para no dejar de caminar.
LALC