A Carlos Manzo lo asesinaron precisamente el Día de Muertos, como si quisieran machacar que México es, literalmente, un país de muertos.

El 11 de diciembre de 2006, apenas diez días después de asumir la presidencia, Felipe Calderón implementó el “Operativo Conjunto Michoacán”, que marcó el inició de su “Guerra contra el narcotráfico” y envió al Ejército a las calles de su estado natal. Dieciocho años después, las cosas en México no han cambiado: el país continúa atrapado en una espiral de violencia que ha cobrado más de medio millón de vidas, desdibujando la línea entre el Estado y el crimen organizado.

Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, hombre temerario de formas recias y frontales, había girado una instrucción lapidaria a su policía: “Delincuente armado que se resista, abátanlo; no hay que tener ninguna consideración con ellos”. Esto, aunado a la reciente detención del peligroso delincuente conocido como “El Rino”, fueron el preámbulo de su sentencia de muerte.

Como ironía del destino, la noche del Día de Muertos, al concluir un acto público en el centro de Uruapan, un hombre con sudadera disparó siete veces contra el alcalde, pese a que contaba con catorce elementos de la Guardia Nacional y una escolta de su confianza. Aun así, Manzo fue ejecutado. “Las balas no matan las ideas, ni los valores, ni los principios”, solía decir el propio Manzo. Y, sin saberlo, dejó escrito su epitafio.

En México, la historia reciente es un dialogo entre muertos y vivos. Lo que comenzó con Calderón, una guerra frontal que prometía terminar pronto, derivó en una normalización de la violencia. Los cárteles se multiplicaron, las instituciones se militarizaron y la sociedad aprendió a convivir con el miedo. Los gobiernos siguientes cambiaron el discurso, pero no el resultado: de la “guerra de Calderón” a los “abrazos, no balazos”, México se ha limitado a administrar la barbarie.

El crimen organizado ya no solo disputa territorios, sino legitimidad. En muchos municipios, sus líderes se han convertido en los árbitros del poder. La política local se desangra: alcaldes, candidatos y líderes sociales caen uno tras otro, mientras el país se acostumbra a los funerales y condolencias oficiales. La tragedia de Uruapan simboliza ese deterioro del Estado: un presidente municipal asesinado en público, en el mismo estado donde comenzó la guerra, es la imagen más descarnada del fracaso nacional.

Pero el problema no se limita a los gobiernos. También alcanza a una sociedad que ha confundido la indignación con la resignación. Se espera, ingenuamente, que el cambio provenga de los partidos, cuando debería surgir desde la ciudadanía. Mientras la gente siga ausente del espacio público, apática, sin salir a votar ni exigir, la política será un botín de intereses. Como advirtió Manuel J. Clouthier, “lo importante no es cambiar de amo, sino dejar de ser perro”.

La democracia no termina en las urnas: empieza allí. El voto es solo el primer acto de la responsabilidad cívica. Después viene lo más difícil: vigilar al poder, exigir resultados, participar, construir comunidad. Sin una ciudadanía participativa, ningún Estado puede sobrevivir al crimen.

La muerte de Manzo obliga a una reflexión profunda. Si las balas buscan silenciar las voces que incomodan, la sociedad tiene el deber de amplificarlas. Las ideas de quienes creyeron en la integridad pública deben sobrevivir al plomo. No se trata de erigir mártires, sino de rescatar principios.

Álvaro Obregón, dejó una advertencia profética: “Si alguien está resuelto a dar su vida por la del presidente, no hay guardia ni precaución que lo salve”. Y fue su epitafio. En México, esa sentencia sigue vigente. Ni la Guardia Nacional ni el Ejército pueden detener la violencia si las policías municipales y estatales continúan corroídas, mal preparadas, y la sociedad permanezca ausente.

El asesinato de Manzo no debe quedar como una cifra más. Es un recordatorio de que la paz no se decreta: se construye. Requiere justicia, participación y voluntad de los tres órdenes de gobierno.

Los gobiernos han quedado a deber…Si el país no logra romper este ciclo de sangre, los mexicanos maldecirán el futuro, porque será la funesta consecuencia del presente. México corre el riesgo de olvidar la última enseñanza de su alcalde caído: “Que las balas no maten las ideas, los valores ni los principios”.

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.