Con un título tan atractivo y la expectativa de ser un talismán para aquellos que valoramos la lectura y abogamos por su fomento, me estampé tremenda decepción. O quizás no tanto, tampoco hay que exagerar. Digamos que, como cita Argüelles en su libro, de los malos libros también se aprende. Porque si vamos a la pregunta del título, la respuesta del autor reboza de palabras como bazofia, ridículo, ilógico, pedestre y otras más o menos peyorativas. Un ejemplo hecho frase:
“¿Para qué quieren los que no leen saber de personajes muertos y enterrados si tienen a la mano a los héroes frescos y cotidianos de la televisión que todo el día machaca la necesidad de saber qué pasa con el cantante Equis, con el cómico Tal, con el idiota preferido?”
Así surgen la liga de la injusticia lectora y antilibresca; Marshall McLuhan y Nicholas Negroponte, el mercado y los medios masivos por ejemplo. Acompañados de los nazis, por ser tan cultos, tan leídos y tan inhumanos (por no decir, cabrones). También su contraparte: los adalides de la cultura, Umberto Eco, Gabriel Zaid, Stephen Vizinczey, García Márquez, George Steiner, entre muchos otros, ayudan a paliar las reiteraciones sentenciosas y viscerales que convierten a este libro en una perorata donde debía imperar la alegría y el buen juicio. Libros como éste, como No estudies derecho (Guía 528, Tachas 554) podrían haberse ahorrado tranquilamente la mitad de sus páginas.
No quiero caer ahora en una feroz diatriba, prefiero rescatar lo bueno: referencias hacia otros libros y verdades de puño bien redactadas que comparto a continuación para ahorrarle a los lectores la necesidad de buscarlo, pues si lo leen completo, seguramente me darán la razón:
“para transmitir amor por la lectura, especialmente por la lectura literaria, es condición primera haberlo experimentado. La lectura, piensa también, no debe reducirse a un registro de eficiencia, porque en la soledad del lector, éste no piensa que lee para instruirse, sino que lee tan sólo (pero ni más ni menos) por el sencillo hecho de existir.
Como todas las adicciones que se vuelven contra nosotros, cuando pierden su nobleza, la lectura no sólo no cura los males sino que los agrava. A los pretenciosos los vuelve más pretenciosos; a los ridículos, más ridículos; a los vanidosos, más vanidosos; y más frívolos a los frívolos, y más desdeñosos a los desdeñosos. Que es lo mismo que decir, con Lichtenberg, aquello tuvo el efecto que por lo general tienen los buenos libros. “Hizo más tontos a los tontos; más listos a los listos, y los miles restantes quedaron ilesos.”
hay una enorme candidez en suponer que la cultura escrita, con su potencia liberadora, es una vacuna infalible contra el mal.
Lo que se ha venido llamando el “problema de la lectura” no es en realidad un simple problema de lectura, sino esencialmente un problema de educación humanística y de sentido Ético del conocimiento. La escuela, en sus diferentes niveles (incluida la universidad), ha relegado cuando no abandonado el principio Ético y ha privilegiado el uso de la cultura escrita como un simple perfeccionamiento técnico.
Legitimar un vicio, una adicción (cuando se condenan todos los vicios, todas las adicciones) resulta por supuesto inconcebible. Pero el hábito de la lectura, si en verdad ha prendido, si en verdad no tiene marcha atrás, es un vicio, una adicción, una perdición. Una perdición donde, por paradoja, el individuo se encuentra a sí mismo y se pierde para la masa, para la muchedumbre, para la uniformidad.
La razón del fracaso de los programas oficiales de lectura en prácticamente todo el mundo hay que buscarla en los prejuicios institucionales con los que se quiere desvirtuar (y desterrar) el ejercicio del placer sin otro fruto que el placer mismo.”
Ni modo, no todas las veces caza el tigre, pero hay muchos más libros en los estantes.
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