“Hay gentes que creen poder observar con toda exactitud a una mariposa cuando la han clavado con una aguja sobre el papel. Esto es tan absurdo como cruel. La mariposa clavada y tranquila ha dejado de ser una mariposa. A la mariposa hay que observarla cuando da vueltas alrededor de una flor; y a la parisiense hay que observarla no en su estado hogareño, cuando está sujeta por una aguja clavada en el pecho, sino en los salones, en las veladas y en los bailes, cuando revolotea con sus alas de gasa y de seda bordadas, bajo las centelleantes coronas cristalinas de la alegría.” Este fragmento de Noches florentinas, Heine, tras la máscara del dandy Maximilian, comparte esa mirada irónica, incomodísima para su época, que dialoga con la censura y la intemperie política. Lo escribe tras varios años de exilio voluntario, cuando se halla en París, donde pasará el resto de su vida. 

A mediados de 1836, Las Noches se publicaron, al igual que muchas grandes obras de su tiempo, en un periódico, el Matutino para clases educadas, de Stuttgart, considerado por muchos como el principal órgano de entretenimiento literario en lengua alemana de la primera mitad del siglo XIX. En paralelo, se publicaron traducidas al francés en la Revue des Deux Mondes. Un año después, en Hamburgo, su éxito llevó a una segunda edición en formato de libro junto a otros textos de Heine, bajo el título de El Salón, con un tiraje estimado en 750 ejemplares. 

Tan sólo en su título la evocación es clara, el marco nocturno escenifica los ideales románticos, impregnados de la vitalidad meridional europea para crear una conversación íntima alrededor de la música y las artes. Florencia es una vitrina para una mariposa enferma, María recibe la conversación (que muchas veces tiende más al soliloquio) de Maximilian para evitar caer en el adormecimiento que agravaría su dolencia. 

Los temas, a manera de suite, se suceden entre viajes, muchos de ellos evocan los descritos por Heine en sus Cuadernos de viaje, publicados antes de su exilio; afiladas reseñas de costumbres; y descripciones de dos portentos musicales italianos: Bellini y Paganini. Sus descripciones sobre ambos músicos de por sí hacen que valga la pena acercarse a este libro, cuya realidad se sublima hasta volverse sueño. En la prosa de penumbra lograda por Heine durante la vigilia exigida por la enfermedad, el arte sustituye a la acción y el deseo se vuelve música. 

Cierro con un fragmento de las formidables descripciones del concierto de Hamburgo que Heine construye a partir de recuerdos (pues lo más seguro es que lo hubiera presenciado en Berlín):  

“El sabio Salomón había hundido aquellas ollas en el mar, y eran precisamente las voces de los espíritus prisioneros las que yo creía percibir mientras Paganini arrancaba al violín los más enfurecidos tonos bajos. Y finalmente creí oír exclamaciones de alegría por la liberación, y de las rojas olas de sangre vi salir las cabezas de los demonios desencadenados; monstruos de fealdad increíble, cocodrilos con alas de murciélago, serpientes con cornamentas de ciervo, monos con conchas marinas en la cabeza, focas de largas barbas patriarcales, rostros de mujeres con pechos en el lugar de los carrillos, verdes cabezas de camello, híbridas criaturas de la más inconcebible configuración; todos, con sus ojos fríos y astutos y sus largas garras como aletas, mirando tratando de agarrar al monje violinista…”

Poesía en prosa para iniciar el 2026. 

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