Las despedidas vienen por colores
Has de saber que también tienen sabores. Cuentan pasos de baile, se sazonan y se espacian con decenas de recuerdos que se activan cuando menos lo esperamos.
Hay algunas que parecen arcoíris de confeti. Huelen a algodón de azúcar, suenan a aplausos, dejan una alegría ligera, casi infantil, como si la vida celebrara —sin culpa— el movimiento. Son despedidas que no pesan; más bien empujan. Te hacen creer que irse también puede ser una forma de crecer.
Otras, en cambio, saben amargas. Son grises, con algún tinte rojizo. Arrastran costales de silencios, de abrazos no dados, de palabras que no encontraron salida. Esas despedidas pesan. Se quedan por largo tiempo, duelen y magullan; rompen los resortes del viejo colchón en el que te acurrucas buscando consuelo. No se anuncian; dejan huella.
Y están aquellas que, aun sabiendo que forman parte de vivir, apachurran el corazón y te aguadan los ojos. Son azules, como esos cielos limpios de mi Bajío que no anuncian tormenta, pero la traen adentro. No tienen asideras. No explican nada. Te dejan en silencio y apenas alcanzas a decir: hasta luego.
Hay despedidas necesarias. Cierres de ciclo que, aunque duelan, abren espacio para nuevas aventuras. La despedida atora los te quiero; las gracias enumeran experiencias compartidas. Pero el olor a promesa endulza el corazón de quien toma su maleta y emprende el viaje. Ahí solo nos resta levantar la mano, sonreír desde el alma y mirar cómo la silueta se pierde en el camino, deseando bien al excursionista.
Quizá así es la vida. Cuando nos despedimos, entramos en pausa. Son segundos —una eternidad insoportable— en los que un silencio absoluto nos invade. Basta un pestañeo, abrir los ojos, y constatar que la vida sigue igual, a pesar del dolor, de la tristeza, de la partida o del adiós inevitable. La pausa permite recuperar el equilibrio. Es como cuando se detiene la respiración y un largo suspiro le abre espacio al alma para reacomodarse. Tal vez por eso dicen que, en la música, a veces, es más importante el silencio que la nota. Y que, al escribir, el signo que pausa puede decir más que la palabra. Porque la muerte carece de gramática.
Hoy mi pausa tiene nombres propios. Don Ricardo Suárez Inda continuó su viaje con la misma parsimonia y educación con la que vivió. Me gustaba encontrarlo en el súper, haciendo sus compras, y que al saludarlo me devolviera siempre un gesto cálido, llamándome por mi nombre; una distinción que ya no se estila. Sabía muchas cosas y hablaba poco. Sus ideas, definidas, no dejaban lugar a las sombras. Me gustaba su risa y esa memoria intacta que lo acompañó.
Y como si la vida anduviera desocupada, también invitó al querido Javier Chaurand Montes a soltar sus fermentos, a deshacer cuajadas, a olvidarse de prensados y maduraciones. Esa dedicación férrea con la que hacía de sus quesos, piezas de arte capaces de llenar el corazón de cualquiera. Cuántas charlas en persona y por escrito. Cuánta pasión imprimías a tus creencias. Créeme: sí, te voy a extrañar.
No me sorprende la muerte. Sé bien que forma parte de esta travesía.
Pero sí duele. Duele porque recuerda que soy perecedera, que los instantes son breves y que ya no hay tiempo para perderse en vericuetos ni en fantasías. Otra vez se desgaja una rama de mis afectos y deja tembloroso este corazón que aún se agita. En mi Celaya, se ha puesto el azul de despedida y llueve, llueve con sabor a sal.