Una figura siniestra ha estado paseándose por la ciudad de Minneapolis. Se trata de un tal Gregory Bovino.

Antes del principio de la campaña de terror de Donald Trump contra la comunidad inmigrante, Bovino había pasado décadas en la patrulla fronteriza como jefe regional. Es decir, era un burócrata de medio pelo. Pero Bovino tenía aspiraciones y un don para la propaganda y el histrionismo. Hoy es protagonista del horror que Trump ha desatado contra millones de familias inmigrantes y contra un número cada vez mayor de ciudadanos estadounidenses, que temen un encuentro fatal con las fuerzas que Bovino encabeza en las calles de Estados Unidos.

En los últimos días, Bovino ha llevado su propensión fascista a una escala distinta. En los días posteriores al asesinato de una madre estadounidense en las calles de Minneapolis, Bovino ha comenzado a vestir a la usanza nazi. A finales de la semana se le pudo ver portando un abrigo largo y rígido que remite, de manera irremediable, a la regalía de la SS.
No es casualidad.

En el nazismo, ese tipo de abrigo —con hombros marcados y cuellos altos— reforzaba la idea de invulnerabilidad y distancia. Servía para separar a quienes detentaban el poder del resto de la sociedad, para marcar una frontera visual entre los portadores de la fuerza y los civiles. Bovino recurre a ese mismo lenguaje: no busca abrigo, busca autoridad; no busca funcionalidad, busca intimidación. El mensaje es simple y peligroso: aquí manda la fuerza.
¿Qué está pasando realmente en las calles de Estados Unidos con la aparición de figuras como Bovino? ¿Qué pretende Donald Trump?

Para entenderlo hay que abrir un poco el lente y fijarse en la gente que rodea al peripatético “jefe” Bovino. El gobierno de Estados Unidos está borrando la línea entre la autoridad local y estatal y la fuerza militar. Como señalaba el columnista Kyle Whitmire en un lúcido análisis en redes sociales, la aparición de contingentes armados, vestidos de camuflaje, armados hasta los dientes y —quizá lo más importante— con el rostro cubierto en distintas ciudades del país tiene dos intenciones centrales. La primera es infundir terror. La segunda es normalizar la militarización del paisaje urbano estadounidense.

Whitmire acierta al señalar que, en términos llanos, se trata de la consolidación de una fuerza paramilitar a la vista de todos: un ejército que cumple las metas específicas del gobierno, responde solo al gobierno y actúa con una impunidad creciente. Es perfectamente posible, por ejemplo, que el agente que acribilló a la madre de familia en Minneapolis no enfrente cargos.

En ese sentido, la elección de vestimenta de Gregory Bovino deja de ser una anécdota para convertirse en una advertencia. Las señales en Estados Unidos son tan claras como lo fueron en otras sociedades al borde de la barbarie.

En noviembre hay elecciones (esperemos). ¿Pondrá el electorado un alto a esta locura? ¿Se lo permitirán Trump y sus tropas encapuchadas?

@LeonKrauze

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