El presidente del CDE del PAN en Guanajuato, Aldo Márquez, deja su curul para enfocarse de lleno a impulsar la promoción y afiliación al PAN; mientras, a contrapelo, Ale amenaza con abandonar al partido. Esto dejaría al garete el control albiazul de la presidencia municipal. Así, perdería su ventaja secular porque la puerta de palacio ya no se abrirá desde dentro. Al contrario: tendría cerrojo y tranca. “A río revuelto ganancia de pescadores”. Otros partidos no desperdiciarían la oportunidad de coronarse con la joya de la corona, para luego hacerse con Guanajuato en el 2030.
Pero ¿por qué este traqueteo político? Todo sucede por una quimera política: Hay trayectorias políticas que pueden leerse como una sucesión de cargos, y hay otras que sólo se entienden como la manifestación progresiva de un deseo creciente. En el caso de Ale, su biografía pública ya no parece ordenarse por un proyecto, una doctrina o una ideal de gobierno, sino por algo más íntimo y más decisivo: transformar una quimera en un desiderátum. Y como el PAN ya no es el medio para realizarlo, acota su permanencia a lo inmediato: “Hoy soy panista”.
Su desiderátum no es un deseo más. Es el que organiza a todos los demás, el que jerarquiza, el que subordina. Es aquello sin lo cual la vida pierde sentido. Y cuando ese lugar lo ocupa el poder, la escala de valores se reconfigura entera: el partido deja de ser su casa, los principios se vuelven instrumentos, las lealtades se difuminan en rígidas condiciones.
En ese punto parece estar Ale. Gobernar a los guanajuatenses ya no aparece como un proyecto político entre otros, sino como la forma misma de su realización personal. No es el poder para hacer algo específico; es el poder como fin en sí mismo.
Por eso la relación con su partido se ha vuelto incómoda y tormentosa. Los partidos exigen disciplina, tiempos, equilibrios, renuncias parciales. Pero el desiderátum no sabe de humildad ni de esperas: exige. Cuando el deseo personal choca contra el reparto real del poder político, entonces el lenguaje cambia: ya no se habla de coincidencias, sino de condiciones; ya no de pertenencia, sino de cálculo.
Desde esta perspectiva, muchas piezas encajan: La dureza del ultimátum, la frialdad del amago de ruptura, la sensación de que nada es suficiente si no es la gubernatura o el poder para decidir a Alan León como su sucesor. No estamos ante una simple negociación política, sino ante una pulsión sin límite.
Reiteradamente, Ale se muestra desafiante a su partido con frases que son dardos. “Nunca he obedecido a ciegas”, dice. No es una afirmación de identidad: es una cláusula de caducidad. Es la confesión de que la pertenencia ya no es convicción, sino cálculo político electoral. Es la penumbra emocional previa a una decisión sin regreso.
Todo esto revela algo más profundo: Ale ya no gobierna León para cambiar realidades que duelen. León se ha convertido en una cabeza de playa, un rehén de una batalla, es el elemento clave de un fino cálculo de los tiempos políticos: un medio de supervivencia para ganar tiempo, administrar la espera y, finalmente, consumar su desiderátum de gobernar a los guanajuatenses.
Nietzsche explica con claridad la psicología del poder: hay personas para quienes la voluntad de poder no es una ambición entre otras, sino una pulsión fundamental. No buscan un proyecto de justicia, de ciudad, no buscan el bien común. Busca expansión. Expandirse significa ocupar más espacio. No se trata de gobernar bien, sino de gobernar más.
Cuando este impulso se vuelve el eje de una personalidad, el poder deja de ser un instrumento y se convierte en el espejo de la identidad. En ese punto, el poder se transforma en el desiderátum de la vida. Esta solo tiene sentido cuando hay alguien a quien dirigir, algo que someter, un espacio donde mandar.
Por eso nunca hay saciedad, el deseo no tiene fin. Cada victoria es apenas un peldaño. No se gobierna para mejorar algo, se gobierna para seguir gobernando. Así, el poder queda desnudo. Ya no se justifica en nada fuera de sí mismo.
Cuando el poder se convierte en desiderátum, ya no hay partido que baste ni puesto que alcance. Solo queda el siguiente peldaño.