En estos días, estamos presenciando eventos trágicos relacionados con hidrocarburos que van desde incendios hasta derrames, los cuales están recibiendo gran atención mediática. En el presente y las siguientes semanas las preguntas dominantes serán muy claras: ¿cuántos muertos hubo? ¿hay intoxicaciones evidentes? o ¿se ha desatado una crisis sanitaria inmediata?. Desafortunadamente, si las respuestas comienzan a ser negativas o limitadas, se comienza a instaurar una conclusión implícita y peligrosa: “sí, tuvimos problemas y algunos afectados, pero no pasó a mayores y tenemos todo controlado”.

Ahora bien, esta percepción descansa sobre un error fundamental sobre cómo se manifiestan los riesgos ambientales en salud, pues para que una crisis sanitaria sea visible, es más, incuestionable, debe cumplir con algunas características, como el estar concentrada en un espacio de tiempo, presentar cuadros clínicos específicos y ser fácilmente atribuible a una causa. Es por ello que las intoxicaciones agudas, los brotes infecciosos o los accidentes químicos masivos son fácilmente reconocibles por la sociedad y generan una narrativa que se consolida rápidamente.

Sin embargo, las exposiciones ambientales crónicas, como son las derivadas de un derrame petrolero o por vivir cerca de una refinería, no siguen ese patrón. Son por naturaleza difusas en el tiempo, inespecíficas en su presentación clínica y difíciles para establecer causalidad en el nivel individual. Es decir, no hay algo como “síndrome del derrame petrolero” o alguna enfermedad que nos permita decir “esto es consecuencia directa de ese evento”, al contrario, los incrementos de múltiples condiciones son modestos pero sostenidos, como las enfermedades respiratorias, eventos cardiovasculares, alteraciones metabólicas, algunos tipos de cáncer e incluso trastornos de salud mental.

A lo anterior se suma un elemento clave: la alerta epidemiológica se diluye, pues la exposición es moderada (no todos los individuos están igualmente expuestos), las poblaciones afectadas son relativamente limitadas y además coexisten otros factores como pobreza y otras comorbilidades. En este contexto, lo que emerge ya no es una tragedia visible, sino el desplazamiento de probabilidades, donde ahora hay más casos de los esperados o más enfermedad de la que habría ocurrido en ausencia de la exposición y esto solamente se detecta en análisis poblacionales y no en la experiencia clínica cotidiana. Justamente aquí radica la paradoja, pues, tras el evento agudo, la ausencia de una “catástrofe” sanitaria evidente favorece el olvido, la atención mediática se disipa, la percepción de riesgo disminuye y las prioridades cambian. Sin embargo, el problema está lejos de desaparecer y entra en una fase distinta, donde el silencio ya no es por términos de impacto sino de percepción. La amenaza y daño continúan, pero ya no son evidentes ni estridentes.

En los años venideros, las afectaciones se manifiestan como cargas acumulativas: “mira, hay más infartos”, “tenemos más casos de asma”, “tenemos más casos de cáncer”. Sin embargo, ninguno de estos eventos por sí solo se percibe como parte de una misma historia, pero, en efecto, son representación de una afectación real, distribuida en la población y erosionando la salud de manera sostenida.

Por ello, la evaluación de “accidentes” o circunstancias como las acaecidas recientemente relacionadas con hidrocarburos, suele conducir a una subestimación sistemática de su impacto, pues la ausencia de crisis visibles se toma como equivalencia a la ausencia de daño. Pero hay que recordar que, en los riesgos ambientales, las consecuencias más importantes no son siempre las más ruidosas, sino las más persistentes.

Esperemos que después de tragedias ambientales como las vividas, no quedemos en darles atención solamente en las primeras semanas, sino empezar a preguntarnos sobre lo que ocurrirá en los siguientes años. Porque, aunque el ruido desaparezca, el proceso continúa y es en este silencio donde se cocina, de forma lenta pero constante, un problema grave de salud pública que afecta a poblaciones enteras.

*Dr. Juan Manuel Cisneros Carrasco, Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.

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