La idea de la inmortalidad ha sido, acaso, la obsesión más persistente del ser humano. Desde los albores de la civilización, la conciencia de la muerte, ese límite infranqueable, ha provocado una inquietud que ninguna cultura ha logrado disipar. Frente a ella, las religiones han construido un relato común: la promesa de una vida después de la muerte. Así, el anhelo de eternidad, se instala en el corazón mismo de sus creencias más profundas.

A lo largo de la historia de distintas latitudes y épocas, emergen relatos de dioses, o hijos de dioses, que nacen de manera prodigiosa, muchas veces de madres vírgenes; que mueren, resucitan y, finalmente, adquieren una condición eterna desde la cual juzgan a los humanos. En todos estos relatos subyace una constante: la humanidad aparece como portadora de una culpa originaria, necesitada de redención, y, al mismo tiempo, sedienta de la inmortalidad. 

Sin embargo, estas divinidades, dotadas de omnipotencia, no logran resolver la contradicción fundamental: prometen la vida eterna, pero no eliminan el sufrimiento terrenal. Castigan y perdonan, premian y condenan, pero su accionar parece reproducir, en una escala superior, las pasiones humanas. La soberbia, la vanidad y la arbitrariedad que se les atribuyen sugieren una intuición inquietante: quizá no sean los dioses quienes moldean al hombre, sino el hombre quien proyecta en ellos su propia imagen. De ser así, entonces los dioses serían el espejo de la humanidad.

La historia de las religiones ofrece ejemplos reveladores. Osiris, en el antiguo Egipto, muere a manos de su hermano Seth y es resucitado por el amor de Isis, convirtiéndose en juez de los muertos. Mitra, en el mundo persa-iraní, nace en condiciones extraordinarias, predica el amor al prójimo, realiza milagros y promete redención; su culto incorpora rituales que evocan la comunión y la purificación. Zoroastro, por su parte, anticipa la llegada de un salvador nacido de una virgen y sostiene la idea de un juicio final que determinará el destino eterno del alma. 

Incluso en tradiciones más alejadas, como la del Buda, encontramos elementos simbólicos de concepción prodigiosa y destino excepcional. Dioniso, en el mundo greco-oriental, encarnan igualmente el ciclo de muerte y resurrección, asociado a los ritmos de la naturaleza. En todos estos relatos se repite una estructura: la vida que muere y renace, la promesa de continuidad más allá de la extinción, la posibilidad de trascender el destino biológico.

No es difícil advertir que estos mitos guardan una estrecha relación con la observación de los ciclos naturales. La semilla que muere en la tierra para renacer en forma de espiga, las estaciones que suceden a la muerte aparente del invierno, los ritmos agrícolas que aseguran la continuidad de la vida: todo ello sugiere una lógica de renovación que el ser humano ha trasladado al plano espiritual. La resurrección, en este sentido, no es solo una creencia, sino una extrapolación simbólica de la experiencia natural.

En última instancia, las religiones son una creación humana. Reflejan nuestros miedos más profundos, la muerte, el vacío, la nada, pero también nuestras aspiraciones más elevadas: la justicia, la trascendencia, la eternidad. Así, prometen una forma de plenitud en la otra vida que prometen, pero condicionada al cumplimiento de estrictas normas, frente a las penurias de la existencia.

Si el ser humano no fuera mortal, las religiones carecerían de sentido. No habría necesidad de redención ni promesa de eternidad. Es el tiempo que se acaba lo que impulsa la   imaginación religiosa y la que sostiene su vigencia. La ilusión de una vida eterna no es solo un consuelo: es, también, una forma de resistencia y consuelo frente a la muerte.

En última instancia, en los dioses   proyectamos nuestras virtudes y nuestras miserias, nuestras esperanzas y nuestros temores. Los concebimos inmortales porque es lo que nosotros anhelamos ser; los imaginamos omnipotentes porque experimentamos, a cada paso, nuestra propia fragilidad. Así, en el reflejo de lo divino, el hombre se encuentra a sí mismo amplificado.

 Y acaso en esa tensión, entre lo finito que somos y lo eterno que anhelamos, se cifra la paradoja fundamental de nuestra existencia: queremos durar para siempre porque no soportamos la idea de no estar; entonces, anhelando la eternidad, convertimos a los dioses en el espejo de la humanidad 

alejandropohls@prodigy.net.mx

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