El sábado, el PAN resucitó en Chihuahua con el apoyo que brindó a la gobernadora Maru Campos. Estuvieron presentes los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes pronunciaron discursos sobre la grave situación del país. El paisano sacó las frases de éxito que le dieron el triunfo en 2000 y Calderón abogó por la responsabilidad del gobernante de hacer frente a la delincuencia organizada. Cada uno, a su manera, nos hizo recordar los mejores momentos como opositores, cuando el PRI dominaba la escena política.

Dos sentimientos encontrados surgieron: el de agrado, porque el PAN, desde la oposición, vuelve a retomar la defensa de las libertades y la democracia; pero también regresó la idea de que tanto Fox como Calderón fueron corresponsables de que llegaran Andrés Manuel López Obrador y Morena al poder. Si hubieran cumplido con sus promesas de campaña, si hubieran tenido la talla de estadistas, cualquiera de los dos, México navegaría en aguas de prosperidad. ¿Qué les falló y, no solo eso, qué sigue fallando en el PAN para perder la presencia nacional que alguna vez tuvo? ¿Por qué habremos de creer en las palabras de hoy si, en los hechos, el partido abandonó sus principios?

Después de darle varias vueltas al asunto, la única explicación del fracaso panista es que sus líderes nunca tuvieron la determinación para crear una cultura política distinta en el país. Un cambio de “cultura” no es una conducta aislada, sino una transformación total de la vida pública. La promesa fue acabar con la corrupción; sin embargo, nunca hubo voluntad para lograrlo. Ni siquiera hoy existe, al interior del PAN, la voluntad de realizar elecciones primarias para enriquecer la democracia interna y evitar que la institución se convierta en el coto de unos cuantos y en una escalera para obtener un botín.

Tengo la certeza de que Fox y Calderón son hombres probos, pero fueron indolentes ante su entorno. También creo que Genaro García Luna no fue socio del Cártel de Sinaloa, sino un funcionario que aprovechó su cargo para enriquecerse sin que su jefe le pusiera un alto.

Si el PAN quiere hacernos creer que la solución está en ellos, debe cambiar desde dentro y alinear su conducta con sus valores y principios. Nunca hemos escuchado una autocrítica seria sobre sus derrotas. Por lo que hemos visto en Guanajuato, sabemos que el método de sucesión de los últimos tres gobernadores fue por “dedazo”, como en las viejas prácticas del PRI. Juan Manuel Oliva nombró a Miguel Márquez, quien dejó a Diego Sinhue Rodríguez, quien, a su vez, designó a Libia García. Sabemos que en las campañas se usaron fondos públicos, como lo hizo el PRI y lo hace Morena, y como planean hacerlo todos los partidos en 2027.

Qué decir de la inútil competencia de regalar dinero para competir con los cañonazos del Gobierno federal. Si hay entregas de apoyos del “Bienestar”, hay que entregar “Tarjetas Rosas”. Mientras el país languidece por falta de inversión, en Guanajuato el porcentaje del presupuesto destinado a infraestructura es mínimo. No solo eso, se entrega lo que ya teníamos a particulares en un claro despojo perpetrado el último día del sexenio pasado.

¿Cómo podría el PAN impulsar un verdadero cambio en la vida política nacional? No hay una receta, pero sí varios ingredientes indispensables para lograrlo: democracia interna, transparencia y rendición de cuentas, apertura real a los ciudadanos y la potestad de supervisar de verdad a las entidades que gobiernan. (Continuará)

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