Santo Dios misericordioso, pensó AMLO, en su soledad, mientras se asomaba por la ventana desde la que contemplaba la inmarcesible belleza de su rancho tabasqueño del que jamás tendría que haber salido. El autor de esta columna, amante de la novela y curioso inspector de los sentimientos ocultos de sus personajes, imaginaba las reflexiones del Jefe Máximo de la trituración de la patria.

¿Por qué me castigas, se repetía aquél, si he cumplido al pie de la letra con tus santísimos mandamientos, aunque no sea católico? No he robado, no he mentido, no he traicionado. Estoy rodeado de enemigos y de colaboradores hipócritas que, cuando me visitan cada vez con menos frecuencia en la Chingada, apenas pueden ocultar sus temores a que yo revele el origen de sus fortunas mal habidas. Claro, no ignoran mis poderes mágicos para destruirlos. Todos comen en el puño de mi mano.

Los enemigos de la nueva e histórica diarquía, sostienen que la única industria que prosperó en los últimos 8 años es la del despojo, porque le arrebatamos a la nación el crecimiento económico, al igual que el sistema de seguridad pública, el de educación, el de salud, el de impartición de justicia y le concedimos al crimen organizado, la formidable aliada de mi gloriosa 4T, la más absoluta impunidad para despojar a la sociedad de la paz y de la certeza jurídica, porque había que respetar el sagrado principio “por el bien de todos, primero los pobres”. 

Odio a los dueños del dinero, a los capitalistas, a los nuevos conquistadores que, con sus conocimientos adquiridos en el extranjero, se apoderaron de los bienes propiedad de la nación. Ellos y solo ellos, ventajosos miserables, no solo aprendieron a robar, sino a explotar a los pobres, gracias a su superioridad académica incomparable con los conocimientos de la gente de a pie. Hay que acabar con ellos, declararles una guerra sin cuartel, largarlos de México para que nos dejen el país a nuestras anchas. 

Me tienen sin cuidado los pretextos ridículos de los ricos cuando se atreven a aducir que solo ellos crean empleos, generan riqueza, pagan impuestos, captan divisas, promueven el crecimiento y el desarrollo, rescatan a millones de la pobreza, un objetivo que ningún gobierno, por sí solo podría alcanzar. Para evolucionar materialmente se requiere la presencia de esos malvados hambreadores del pueblo porque lo concedo, mi Mexicana de Aviación, fracasó, mi tren maya, mi transístmico, mis refinerías, mis empresas y bancos del bienestar no saldrán adelante porque desconocemos las técnicas operativas de esos ladrones. ¿Por qué solo ellos pueden robar? Nosotros también lo haremos imponiéndoles obstáculos y trabando alianzas estratégicas con los carteles tan odiados por los gringos, pero que en México trabajan a placer. ¿Por qué solo pueden robar los ricos? ¿Eh.?

Querido Padre Celestial: si le regalamos dinero a los pobres sin ninguna intención oculta, créeme, es porque no saben hacer nada, son como animalitos que o les acercas la comida o se mueren de hambre al no poder valerse por sí mismos. ¿Qué hacer con asnos que escriben su nombre con faltas de ortografía? 

Juntos estamos haciendo historia, aunque, en lugar de la “Honestidad Valiente”, se siga hablando de una cleptocracia, y de una mafiocracia, pero insisto, yo soy el Mesías mexicano, porque, si millones de mexicanos hubieran estudiado en el extranjero, tendríamos un país de rateros.

Santo Dios de los mortales, si escuchaste las plegarias de Hugo Chávez y te lo llevaste a la eternidad para que no asistiera al desastre de la revolución bolivariana, entonces, Dios mío, si aceptas que te he sido fiel y leal, hazme el favor de venir por mí, sobre todo porque no resisto el ruido ensordecedor de los helicópteros. Me entiendes, ¿verdad? Siéntame a un lado de tu trono de nubes, pues no quiero vivir ni un segundo más para constatar, con insoportable dolor, en qué se convertirá mi soñada e idolatrada 4T. Evítame, si me quieres, el hecho de padecer la tragedia del escandaloso fracaso del sueño de mi vida. 

Señor, Padre Celestial: auxíliame en este momento tan terrible de mi existencia, solo la muerte puede concederme una salida digna en este país que nunca me comprendió. Por lo que más quieras, llévame Contigo ahora mismo, ¡ya!, Te lo ruego, ¡oh, Dios mío. ¡Estoy listo! Pero, por fa, confiésate, ¿qué le hiciste a Trump que hoy es otra persona.?