Juzgar con objetividad la victoria sobre Chequia es inútil. En este Mundial la Selección mexicana nos ha dado una espléndida terapia de irrealidad.
Aunque suene raro, México ganó tres veces seguidas y el himno nacional se convirtió en un oráculo: “por el dedo de Dios se escribió”.
Juzgar con objetividad la victoria de 3-0 sobre Chequia resulta inútil. En este Mundial la selección mexicana nos ha brindado una espléndida terapia de irrealidad. Tres victorias seguidas no admiten discrepancia.
Se temía que cayera una tormenta en día del Bautista y que el agua y el fango dieran ventaja a Chequia, pero también el cielo apoyó al Tri.
La noche de San Juan se convirtió en la noche de dos números: el tres y el nueve. Messi cumplió 39 años y el Tri ganó su tercer partido para conquistar nueve puntos.
El 7 de junio de 1962 la selección mexicana dio el mejor partido de su historia mundialista, venciendo 3-1 a Checoslovaquia, que sería subcampeona en Chile. Ahora enfrentamos a una escuadra muy distinta. Todos los mediocampistas se parecían al Agrimensor de Franz Kafka, que nunca llega al castillo.
Después del planteamiento de búnker ante Corea del Sur, Aguirre dio descanso a dos de sus mejores jugadores: Erik Lira y Raúl Jiménez. Quiñones fue confinado a la punta izquierda y lucía más solo que Adán el día de las madres. El Tri hilvanó su primera acción de peligro enel minuto 38 y casi olvidó que el futbol es un juego de conjunto.
Al terminar el primer tiempo no había sucedido nada, como si los minutos fueran medidos por el reloj de la sinagoga de Praga, que va al revés. “Cómo duele la ilusión”, me dijo Sofía, mi esposa, con total desencanto.
La selección mexicana salió abucheada, las luces del estadio bajaron de intensidad y todo mundo prendió la linterna del celular para crear un campo de 80 mil luciérnagas, lo más épico hasta ese momento.
Desde el principio lo único sobresaliente fue un menor de edad. En medio del marasmo, Gilberto Mora dictó cátedra, y en la parte complementaria estableció el ritmo del triunfo. Los goles de Chávez, Quiñones y Fidalgo hicieron inútiles las críticas y dieron la razón a Javier Aguirre.
En su tercera encarnación en el banquillo de la patria, lleva un ritmo perfecto, conseguido con un esfuerzo que excluye el placer. Nadie espera que la selección juegue bonito.
El Vasco ha sido un estupendo entrenador de equipos pequeños, como el Mallorca y el Osasuna, a los que llevó a la final de la Copa del Rey, y fracasó con uno grande como el Atlético de Madrid. La selección tiene un nivel mediano y no se presta para planes arriesgados.
Los antecedentes de 2002 y 2020 no eran muy auspiciosos. Nadie olvida el minuto 28 del partido de México contra Estados Unidos, en el Mundial de Corea y Japón, cuando Aguirre sacó del campo al que mejor jugaba, Ramón Morales, y fuimos eliminados. ¿Qué motivó una sustitución tan temprana? Eso solo se explica por razones esotéricas, que incluyen el temor al éxito. Ocho años después, en el Mundial de Sudáfrica, Aguirre insistió en alinear al Bofo Bautista, que rompió un insólito récord: corrió menos que el Conejo Pérez, que jugaba de portero.
Esas malas experiencias han sido corregidas con un pragmatismo de hierro. Y, sin embargo, anoche hubo espacio para el sentimiento. La victoria estaba asegurada pero aún podíamos disfrutar más. El público coreó el nombre de Ochoa y el portero entró en el minuto 77, con los vítores que merecía su sexta comparecencia en un Mundial.
El país pasa por una dichosa suspensión de la costumbre. El día de la inauguración del Mundial no hubo un solo asesinato en dieciséis estados de la república. Desde entonces, los supermercados no se dan abasto para repartir comida a domicilio, pues nadie se quiere separar de la pantalla. El pato Merlín conquistó las redes sociales, algo decisivo en un mundo donde los memes tienen tanto impacto como los goles, y fue recibido por la presidenta. Si Portugal tiene una camiseta con el 7 de Cristiano y Argentina otra con el 10 de Messi, nosotros tenemos la de un pato que sabe seguir a los demás, demostrando que lo más importante del futbol está en el público.
Nada de esto resuelve los muchos agravios nacionales. ¿Cuánto durará el paréntesis de euforia? “El amores eterno mientras dura”, dijo Vinicius de Moraes. Por lo pronto, el instante de dicha es infinito.
Lo más significativo de la alegría futbolera es que ofrece una repentina compensación a las muchas cosas que nos lastiman. Si los goles nos afectan tanto es porque estamos mal. En sociedad rota, un balón en las redes desata el éxtasis.
Hansel y Gretel descubrieron que no hay mejor cocinero que el hambre. Después de un largo ayuno, el primer bocado es delicioso. Aguirre lo sabe y administra la dicha a cucharadas.
¿Qué tan bien jugó México y qué posibilidades reales tiene? No es el momento de ponernos lúcidos. Baste decir que hemos sufrido lo suficiente para que la felicidad que nos brinda el Tri resulte merecida.