El próximo domingo llega a su fin el Campeonato Mundial de Futbol 2026 organizado por la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), teniendo como sedes por primera vez a tres países: México, Estados Unidos y Canadá.
Una vez que esta competición está por terminar, ya podemos empezar a hacer un análisis de cómo se desarrolló, y sobre todo, del papel que jugó el organizador y los gobiernos sede, para garantizar la equidad e imparcialidad, pero principalmente para que se hiciera prevalecer el espíritu deportivo por encima de cualquier otro interés.
Y aquí es donde se empieza a descomponer el asunto, pues la propia FIFA y algunas autoridades han exhibido que no necesariamente la parte deportiva ha sido la más importante, sino que ha estado presente el interés político y el poder económico, influyendo en muchas decisiones.
La FIFA ya nos había dado una probadita a los leoneses de lo que es capaz, cuando hace poco más de un año, en marzo de 2025, descalificó a nuestro equipo de su participación en el Campeonato Mundial de Clubes, un lugar que se había ganado en la cancha pero que se lo quitaron aplicando un reglamento de forma retroactiva, con lo que se abrió la puerta para que uno de los equipos con más poder económico en México, el América, intentara ocupar nuestro lugar.
A nadie debe sorprender que la FIFA sea una organización llena de intereses económicos, pero lo que sí asusta son los niveles a los que puede haber llegado, en donde la participación de los aficionados se ha convertido más en una gran fuente de ingresos, que en un genuino interés de que los equipos cuenten con el apoyo de sus seguidores en cada partido o de acercar el futbol de forma masiva a los pueblos.
Este Mundial, al menos en México, ha tenido como asistentes a los estadios a las personas que pudieron pagar al menos 20 mil pesos por partido, lo que dejó fuera de los recintos a la mayoría de nuestra población que normalmente acude a ver los juegos de sus equipos locales, es decir a los verdaderos aficionados.
En las tomas televisivas observamos que casi todos los asistentes a los estadios eran personas “pudientes”, o como dirían otros, “fifís” que no tuvieron problema en pagar los altos costos de los boletos.
Entonces, ¿en dónde estaba el pueblo al que le gusta el futbol?, estaba en las plazas que las autoridades acondicionaron con pantallas, estaba literalmente nadando en los charcos provocados por los aguaceros, estaba hacinado en las calles, aplastándose y, tristemente, hasta muriéndose.
La FIFA en sus exigencias a los gobiernos sede exigió exención de impuestos para sus ganancias, y las autoridades con el fin de darle gusto a este monstruo traga dinero y de darle circo a la población, en muchos casos les obsequiaron dichas exenciones. Vaya paradoja la nuestra, esas exenciones tributarias que se le dieron a la FIFA no beneficiaron al pueblo, este último se quedó en las calles y los boletos llegaron solo a quien pudo pagarlos.
Casos de excepción hay pocos, pero ilustrativos, Chicago, una de las principales ciudades de Estados Unidos, declinó su participación como sede, pues no accedió a las exigencias de la FIFA ante el riesgo que esto representaba para las finanzas de la ciudad y sus ciudadanos.
¿Qué nos exhibe una organización que se dobla ante la llamada de un presidente para solicitar que se quite una tarjeta roja a un futbolista? Pues exhibe que el deporte solo se usa como pretexto para darle paso al verdadero interés depredador del dinero y, por supuesto, para confirmar que la ética y decencia son valores que están ausentes en los dirigentes de la FIFA. Una piara es una manada de cerdos, RAE.