Historia 288
Esta es la historia 288 de 450 que te contaremos sobre León
El 20 de febrero de 1864, una multitud llenó las calles de León en espera de un hombre que cambiaría el destino espiritual y religioso de la ciudad.
Ese hombre era José María de Jesús Díez de Sollano y Dávalos, que acababa de convertirse en el primer obispo de León: el jefe de todas las iglesias de la nueva región católica —la diócesis— que apenas nacía.
De acuerdo con las crónicas de la época, su carruaje no pudo avanzar y tuvo que bajarse y seguir a pie, entre saludos y flores, hasta la iglesia.
Sollano nació en San Miguel el Grande —hoy San Miguel de Allende— en 1820, en una familia rica y famosa por su generosidad.
Victoriano Agüeros, autor de su biografía, cuenta que, cuando había hambre, sus antepasados mandaban construir palacios y acueductos solo para dar trabajo y pan a los pobres. Esa costumbre de ayudar a los más necesitados fue un sello en su vida.
El obispo que puso su fortuna al servicio de León
Para financiar sus causas llegó a dejar como prendas en el Monte de Piedad su carruaje, joyas o vajilla de plata de su herencia.
Por otra rama familiar era pariente de un joven que después sería declarado santo: José María de Yermo y Parres, a quien el propio Sollano ordenó sacerdote en León.
De niño fue un estudiante brillante.
Estudió en San Miguel de Allende, en Michoacán y en la Ciudad de México, y llegó tan lejos que lo nombraron rector de la Universidad de México.
No era un religioso encerrado en sus libros: iba al Colegio de Minería a estudiar matemáticas, química y física. Era un sabio. En un sermón en la Catedral de León citó a Newton, Humboldt y Kepler, y remató diciendo que toda esa ciencia no servía de nada si se perdía de vista el pensamiento del Creador.
Escribió libros de teología que se volvieron célebres en Europa y en América Latina. Se le recuerda como el gran defensor y promotor de las ideas del filósofo Santo Tomás de Aquino.
Pudo quedarse en la capital, rodeado de honores. Pero la vida le tenía preparado otro camino: servir a una ciudad entera.
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El primer obispo de León
Cuando llegó a León, la diócesis era una hoja en blanco. Solo existían 16 parroquias heredadas del viejo obispado de Michoacán, la catedral llevaba abandonada casi un siglo y no había seminario.
León tenía más de setenta mil habitantes —la segunda urbe más poblada del país—, pero no contaba con las instituciones que le correspondían. Sollano se puso a trabajar.
Apenas tres meses después de llegar abrió el Seminario, una escuela para formar sacerdotes y maestros.
Un biógrafo que lo conoció escribió una frase que lo resume perfecto: desde que tomó posesión hasta el día de su muerte, “no pasó un solo día sin que hiciera algo importante en favor de su diócesis”.
Lo primero fue pensar en los que sufrían. En León existía el viejo Hospital de San Juan de Dios, que estaba cayéndose.
Sollano logró que las Hermanas de la Caridad se hicieran cargo de él y mandó abrir dentro del hospital un área para huérfanos, pagada con su propio dinero.
El hombre que terminó la Catedral de León
Pero su mayor obra fue terminar de levantar la gran Catedral de León. En 1866 la consagró, dándole por fin una casa digna a la Virgen de la Luz.
Con su propio dinero construyó la capilla de la Virgen de Loreto, en agradecimiento porque una vez, durante una misa, se cayó una piedra enorme del techo y de milagro nadie salió herido. Suyo es también el elegante pórtico de columnas que adorna la entrada.
Cuando llegó había 16 parroquias; cuando murió dejó 27. Hoy la Arquidiócesis de León tiene 136.
Aunque su labor pastoral fue principalmente para su seminario. Él mismo recorría rancherías y pueblos buscando jóvenes con vocación, sin importar si eran indígenas o pobres.
Hacia 1875 ya tenía 180 estudiantes y gabinetes de física, química e historia natural que lo convertían en uno de los mejores del país.
Un legado que sigue vivo en León
Pero no a todos les gustaba esa apertura. Un día apareció escrita en la puerta del Seminario una leyenda cruel: “Fábrica de Padres Prietos por el Obispo Sollano”. Al obispo no le importó. Siguió abriendo las puertas.
Le importaban tanto los estudiantes que, ya muy enfermo y a punto de morir, hizo un último esfuerzo para firmar papeles para dejar protegidos a sus discípulos.
Le tocó vivir tiempos difíciles: aunque era partidario del emperador Maximiliano, no dudó en enfrentarlo cuando este quiso quitarle poder a la Iglesia y después chocó con el gobierno liberal de Benito Juárez. Maximiliano, en una carta privada a Carlota, lo describió como un tipo astuto que lo abrumó con cortesías en su visita a León. No era fácil de intimidar. En su vida estuvo dos veces preso por cumplir su labor pastoral.
El 7 de junio de 1881, de madrugada, Sollano murió. Antes de que amaneciera, las calles cercanas a su casa ya estaban repletas de gente que quería despedirlo.
No había casa en la ciudad sin una señal de luto. Lo sepultaron en su querida Catedral, donde aún descansan sus restos. La lápida que recibe a los feligreses en la entrada principal fue mandada hacer por él mismo.
Hoy su nombre sigue vivo en León: escuelas, institutos y sociedades llevan el apellido Sollano en su honor.
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