George Orwell, en su obra “1984”, escribió que el mayor triunfo del poder no consiste solamente en vigilar a las personas, sino hacerlas aceptar una realidad cuidadosamente construida. En ella, el régimen no solo controla los hechos, sino también el significado de los mismos. Ahí, el líder deja de ser un “servidor público”, para convertirse ahora en el alfa y omega de todo bienestar. Es decir, el ciudadano ya no ejerce sus derechos, sino que recibe favores.

En esta obra distópica, el autor no pretendió adivinar el futuro, pero inadvertidamente nos avisó sobre las tentaciones permanentes del poder: apropiarse del mérito de aquello que nunca le perteneció. Cuando un funcionario anuncia que “la presidenta ya les mandó su dinero” a los jóvenes beneficiaros de una beca, el mensaje parece inofensivo, sin embargo, detrás de esa frase se hace manifiesta una transformación mucho más profunda, donde el dinero deja de ser percibido como un recurso público administrado por el Estado y ahora se presenta como un acto de generosidad, incluso de misericordia, del gobernante en turno. Así, los derechos se han convertido en favores.

Sin embargo, toda narrativa puede y debe enfrentarse a una pregunta no menos que incómoda: si el “líder” entrega personalmente los beneficios ¿también responde y asume personalmente por las carencias? Porque, estimado lector, la lógica no puede ser selectiva y si los depósitos merecen llevar nombre y apellido, entonces también este nombre y apellidos deben anotarse en los hospitales sin medicamentos, en las escuelas sin maestros, en las carreteras abandonadas, en los programas incumplidos y en los servicios públicos inoperantes y fracasados. Es decir, no puede existir un modelo donde los aplausos siempre tengan dueño, pero las responsabilidades se diluyan o encuentren siempre un culpable distinto. 

No vale ya el saludar con sombrero ajeno para lo bueno, pero escudarse en la responsabilidad ajena para lo malo. Esto, porque los recursos públicos no nacen en el despacho presidencial, no salen de las cuentas bancarias de los gobernadores o alcaldes y tampoco del patrimonio de los integrantes de partidos políticos. Los recursos entregados, son parte y producto del trabajo cotidiano de millones de ciudadanos que sostienen al Estado con sus impuestos y otras contribuciones. Es decir, cada beca, cada pensión o cada programa social existen porque la sociedad los financia de manera colectiva. 

Debería ser obvio, pero no importa repetirlo para ser claros: los gobernantes no entregan su dinero, administran el dinero de todos. Justamente por esa administración de lo ajeno, deben rendir cuentas sobre ello.

Ahora bien, quizá lo más preocupante no sea siquiera esa personalización del mérito del gobernante en turno, lo que inquieta es lo que se esconde detrás del discurso: estos sujetos asumen con toda naturalidad que basta un depósito para transformar un derecho ciudadano en gratitud personal hacia el gobernante. Y el peligro está no porque el apoyo carezca de valor, al contrario, lo tiene y representa una diferencia importante para quien lo recibe. Lo peligroso y ofensivo radica en suponer que esa cantidad basta para poder “reescribir” el origen del dinero y la naturaleza de ese ejercicio de poder, donde unos cuantos pesos pueden hacer olvidar que el verdadero benefactor es la sociedad y no el representante del Estado. Es ofensivo porque subestima la inteligencia de los ciudadanos.

Orwell comprendió y advirtió que el poder no comienza confiscando libertades o con demostraciones brutales de poder, empieza por algo más sutil y es la apropiación del lenguaje. Cuando consigue que el pueblo deje de decir “nosotros financiamos entre todos nuestros derechos” y empieza a afirmar “el gobernante me lo dió”, la batalla cultural ya está muy avanzada en sentido de derrota ciudadana. 

No lo olvide, estimado lector: una democracia deja de ser plenamente libre el día en que los derechos comienzan a agradecerse como favores. Porque el problema no son los cientos o miles de pesos que se entregan, sino esa pretensión vulgar y ofensiva de omnipotencia que supone creer que con dinero, puede comprarse todo el crédito político de una nación, o dicho más coloquialmente, creer que “con dinero, baila el perro”.

Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.

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