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En el momento en que el gobierno de Donald Trump decidió retirarle la visa al hijo de un expresidente -y no de cualquiera: de uno con quien, a decir de las dos partes, mantuvo una relación particularmente estrecha- le asestó a México, y en particular a sus dos últimos gobiernos, una bofetada política. No hay otra lectura posible: aunque Andrés Manuel López Beltrán hoy no desempeñe ningún cargo público, su apellido -y su ambición política- lo convierten en parte de una contienda pública. En el marco de las ríspidas relaciones entre los dos países, justo mientras se negocian tanto el futuro del T-MEC como la cooperación bilateral en materia de seguridad, Estados Unidos optó por este golpe sobre la mesa, sin que aún sepamos si se trata de una amenaza general -nadie está a salvo de las represalias- o del preludio de una acción personalizada de mayor alcance.

Como hemos constatado a lo largo de estos años, Trump no descartará ninguna estrategia de presión, no ya contra sus enemigos, sino contra sus aliados, con un doble objetivo: obtener ventajas económicas y geopolíticas inequívocas e impulsar su alicaída popularidad en vísperas de las elecciones legislativas de noviembre. Tras la negativa de Claudia Sheinbaum a entregar a Rubén Rocha Moya y sus supuestos cómplices, y de negarse a permitir operaciones secretas en nuestro territorio, el efecto de sancionar al mayor emblema de la continuidad del lopezobradorismo -sin necesidad de dar explicaciones, solo levantando la polvareda de rumores sobre los motivos- ha sido abrumador. Estados Unidos sabe que pocas cosas enfadan más a las élites mexicanas que la posibilidad de no entrar en su territorio -donde sus miembros acumulan negocios, propiedades e inversiones-, de modo que el temor de correr la misma suerte de López Beltrán no tardará en expandirse en las filas de Morena y los empresarios que la secundan.

Exhibir la perversidad de la estrategia -poner en entredicho no solo a un individuo, sino al sistema entero que lo cobija, sin aportar ninguna prueba-, no impide dar cuenta de la grotesca respuesta del afectado y del callejón sin salida al que ha conducido a la Presidenta. Tanto quienes lo adoran como quienes lo detestan no dudan en reconocer el olfato político de AMLO: la carta publicada por su hijo demuestra que dista mucho de haberlo heredado. En un sentido, se trata de una mala copia de los comunicados de tinte confesional de su padre y, en otro, de su reverso: sin que su autor jamás sepa muy bien si en verdad se la dirige a Trump o a los mexicanos, solo evidencia su cortedad de miras, su megalomanía y su desesperado intento de convertirse en lo que no es: una víctima que merece solidaridad frente a un abuso de poder.

En un alarde de rabia egocéntrica, López Beltrán le escribe directo a Trump para decirle que la medida tomada contra él es de estilo “hitleriano”: solo que, a diferencia de miles de mexicanos que han sido perseguidos, encarcelados o expulsados por el ICE, que en efecto tanto se parece a la Gestapo -y de los que él en su carta jamás se acuerda-, López Beltrán simplemente ya no puede entrar a Estados Unidos. Luego, en párrafos que resultan más patéticos que ridículos, le endilga una reprimenda al presidente de Estados Unidos, previniéndolo sobre sus colaboradores -“jefes de pandillas” responsables de esta “perversa canallada”-, y exigiéndole su cese, al tiempo que replica la tesis de su padre de que el Trump bueno, con el que aquel tan bien se llevaba, ahora está siendo engañado por estos “halcones”.

Casi para concluir, se contradice sin tregua, primero al afirmar que no le interesa viajar en esta época a unos Estados Unidos decadentes, solo para exigirle -sí, al presidente de Estados Unidos- que le dé una respuesta justo a él y, de paso, que despida a Marco Rubio y Christopher Landau: otra vez, no por la crisis de derechos humanos que han provocado con su racismo y su xenofobia -al lado de Stephen Miller-, sino por el acto autoritario cometido, sí, por supuesto, contra él. Aunque López Beltrán insista en presentarse como un héroe en la defensa de la soberanía nacional, su carta lo retrata como el peor tipo de político posible, en esta medida tan parecido a Trump: aquel cuya única prioridad es su bienestar personal.

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