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¿Un conjurado o un imprudente? ¿Un testarudo o alguien que ha perdido hasta el menor contacto con la realidad? Si fuese cierto el relato según el cual Rubén Rocha Moya decidió volver al gobierno de Sinaloa sin consultarle a nadie, a raíz de un impulso íntimo o un temor exacerbado, a sabiendas de que con ello pondría en una posición imposible a la Presidenta -y, de paso, a todo su partido-, no queda sino dudar, no ya de su habilidad política, sino de su estabilidad emocional y mental. Un político con una experiencia como la suya, que incluye haber sido senador, coordinador de asesores de dos gobernadores y rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa y cercano a AMLO, ¿desconocía una de las reglas básicas del sistema político mexicano, es decir, que bajo ninguna circunstancia puedes tomar una decisión que afectará a tu superior sin informárselo? ¿Y más si ese superior es la presidenta de la República?

Insisto: si en efecto tomó la decisión en solitario, de un día para otro, ¿qué le hizo pensar que su desesperada maniobra podría tener éxito? ¿En verdad pensó, como se sostiene en círculos oficiales, que tendría la capacidad de convencer a Sheinbaum a posteriori, una vez consumada su algarada? ¿Qué revela esto sobre el concepto que tiene de sí mismo y, en especial, de la mandataria? ¿Se creía con la capacidad para convencerla con su labia o la imaginó lo bastante débil como para imponerle su voluntad? ¿O de plano leyó tan mal los signos previos como para imaginar que su regreso no anunciado no sería tomado como un desafío? Y, si fuera así, ¿es verosímil que no pensara en el escenario contrario, el de que ella no lo secundara, sino, como era previsible, lo descalificara y al cabo lo obligara a renunciar a su ambición?

Pese a su fracaso, la rebelión de Rocha Moya -así como la posterior de su amigo, el senador Enrique Inzunza- exhibe un sistema descosido en varios niveles. Si, como resulta evidente, Sheinbaum se enteró de su regreso cuando este ya había ocurrido, pone en evidencia una cadena de deslealtad entre las filas sinaloenses de Morena, así como un error garrafal en los sistemas de inteligencia del país en el estado más vigilado y supervisado de todos. Ante la solicitud de extradición y las amenazas constantes de Trump, los pasos de Rocha Moya eran una cuestión de seguridad nacional. Y aun así no solo fue capaz de salirse con la suya en un primer momento, sino -aceptemos la versión oficial- de sorprender a la Presidenta misma.

Ante este panorama, no queda sino asumir que la acción extrema debió responder o a un temor inescapable -la posibilidad inminente de ser juzgado o extraditado o incluso secuestrado por un comando estadounidense- o a una ceguera inaudita. Si se tratara de lo primero, Rocha lo que habría querido a cualquier costo, aun a riesgo de enemistarse con la Presidenta, sería la protección que le confiere el fuero. Pero su nueva solicitud de licencia demuestra que la presión -o una promesa de algún tipo de protección- lo hicieron recular de inmediato. Si fuera lo segundo, habría demostrado su incapacidad para darse cuenta de que la enconada defensa que Sheinbaum y todos en Morena hicieron de él durante semanas, así como la falta de acción de la FGR en su contra, iban a permitirle volver a su puesto.

Queda, por supuesto, la sospecha que todos los críticos de Morena insisten en sostener: no que López Obrador haya estado detrás de la rebelión, pero sí, al menos, que hubiera estado al tanto, antes que Sheinbaum, de lo que iba a ocurrir. Posibilidad que, en medio de los acontecimientos recientes vinculados con el caso, así como la retirada de la visa a su hijo, se vuelve verosímil. Si acaso Rocha Moya le hizo saber al expresidente de sus intenciones, parece claro que este no lo desalentó, o no de forma convincente. A lo que se suma que López Beltrán, tan proclive a publicar una carta dirigida a Trump exigiéndole las razones por el retiro de su visa, no se haya manifestado en ningún momento en apoyo de Sheinbaum durante la crisis. Por supuesto, todo ello entra en el terreno de la política ficción, pero justo de ficciones -y lecturas- está hecha la política.

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