El ser humano tiene memoria, imaginación y lenguaje; por lo tanto, cuando la realidad parece insuficiente, sobre todo en política, aparece la ficción. Y en México la imaginación política puede alcanzar niveles de auténtico surrealismo: primero se construye la historia y después se acomodan los hechos que permitan sostenerla.
Un ejemplo sería el efímero regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa, que produjo un sinnúmero de asombrosas elucubraciones: desde quienes veían detrás una rebelión contra Claudia Sheinbaum del obradorismo duro, los “tabasqueños”, encabezada por AMLO, hasta un “golpe de Estado”. Otras versiones incluso colocaban en CDMX al expresidente dando órdenes y moviendo los hilos de la insurrección.
El surrealismo político, novelesco, resulta fascinante; el inconveniente es que, por ahora, lo que sí se conoce es bastante menos hollywoodesco. Probablemente Rocha Moya se confundió por una respuesta que dio la Presidenta en una entrevista, cuando le preguntaron: “¿Cuándo regresaría Rocha Moya?”. “Es decisión de él y del Congreso de Sinaloa”, respondió. Rocha no la supo leer. Así, después de 112 días de licencia, decidió regresar, tras hacer algunas consultas al Congreso de su estado
Así, Gobernación aclaró que su reincorporación había sido una decisión exclusivamente personal. La dirigencia nacional de Morena informó que no había tenido conocimiento previo y se deslindó. Legisladores morenistas y el propio partido hicieron lo mismo y le pidieron reconsiderar su decisión.
Luego ocurrió algo mucho más significativo: Los 23 gobernadores de Morena y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México cerraron filas con Claudia Sheinbaum y exigieron a Rocha “madurez y responsabilidad”. Toda la 4T, en su conjunto, no tardó en alinearse alrededor de la Presidenta…
Consecuentemente, desde Palacio Nacional llegó una señal inequívoca en unas cuántas líneas. Sheinbaum publicó en X un mensaje escueto, pero enérgico. Sin mencionar a Rocha, escribió que “ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación”, y rechazó “la ambición desnuda del poder por el poder”. Añadió que el poder sin principios se vuelve arrogancia y el poder sin límites, abuso. No hizo falta más. Rocha volvió a solicitar licencia y el rochismo se resignó. Su aventura duró 34 horas.
Así, aun concediendo, para dar gusto al más elevado surrealismo político, que detrás de Rocha hubiera estado López Obrador; que los “tabasqueños” prepararan una rebelión; que el expresidente hubiera viajado secretamente a CDMX a impartir órdenes y que estuviéramos presenciando los primeros movimientos de un golpe político contra Sheinbaum, el resultado final fue mondo y lirondo: bastó un mensaje de la Presidenta para que el partido, legisladores y gobernadores cerraran filas alrededor de ella, los tabasqueños retrocedieran y el confundido Rocha regresara al ostracismo para esperar el curso de las investigaciones de la FGR.
La realidad terminó derrotando a la ficción. El episodio recuerda, además, una vieja regla del presidencialismo mexicano: ¡muerto el rey, viva la reina! El poder presidencial no se comparte. Las circunstancias históricas son distintas, pero los ejemplos abundan: Miguel de la Madrid se distanció de José López Portillo; Ruiz Cortines de Alemán; Ernesto Zedillo rompió con Carlos Salinas; Felipe Calderón construyó su propio centro de poder frente a Vicente Fox…
Un expresidente puede conservar prestigio, amigos, operadores, gobernadores, legisladores e influencia dentro de su partido. Pero hay algo que ya no posee: la Presidencia de la República.
Claudia Sheinbaum obtuvo 36 millones de votos, un 20% más que AMLO. Ese es su verdadero bastón de mando. A ello se suma el poder institucional de la Presidencia: Palacio Nacional, el gabinete, las Fuerzas Armadas, Gobernación y en la capacidad de palomear las listas de los próximos diputados, senadores y gobernadores.
Porque aun aceptando, sin conceder, toda la ficción del “golpe de Estado”, el desenlace es imposible de ignorar: ante unas cuantas líneas de Sheinbaum en X, el oficialismo cerró filas y el golpista Rocha volvió al limbo político, pendiente de su investigación. Después, Sheinbaum palomeó a su relevo. ¡Qué debilidad la de los tabasqueños, según esto!
La supuesta rebelión terminó antes de comenzar. La ficción política regresó a López Obrador a su casa de La Chingada y la realidad colocó a Claudia Sheinbaum donde constitucional y políticamente está: en Palacio Nacional, sentada en la Silla del Águila.