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La materia de los buenos recuerdos es muy frágil, podría decirse etérea, translúcida como las alas de la libélula que atraviesa el cielo a una velocidad inimaginable, y de momento se transforma, toma figura en nuestros pensamientos y se instala con tal fuerza que es imposible detenerla y frenarla. Así pues, me tiño de tonos nuevos que se difunden envolviéndome en un universo extraño.

La libélula vuela y atraviesa los años encriptados, porque como he dicho, es veloz como el pensamiento que puede unirse en cadenas largas como alegres papeles de colores que ondearan al viento.

Así, me transporto, encaramada sobre sus alas, no me resisto, viajo, voy y vengo, recuerdo, me emancipo de la realidad y torno. Algunas veces, son diversos lugares y circunstancias, o momentos adormecidos que creí olvidados. Pero que, al abrir la puerta, al batir ella sus alas, permanecen intactos sin la pátina del tiempo.

Algo extraño sucede, en esos minutos vívidos, no puedo decir que soy la persona actual, aunque existe la magia de ser la de entonces, la que no había subido montañas y cruzado desiertos. Siendo así, no me veo de una forma reprobatoria, sino con la comprensión necesaria para regresar a mi realidad intacta y sin reproches.

Parece increíble, pero con la simple visión de un objeto o escuchar un sonido me transporto, y en un momento, la libélula aletea frágil, tenaz, contundente, a veces trato de ponerle un freno, y le digo: Estoy cansada de volver nuevamente, quiero permanecer en el aquí y en el ahora solamente.

Pero ella, agita sus alas observándome, y de pronto mis pensamientos se van con ella, se fugan rebeldes cruzando la ventana.

He entendido que debo extraer respuestas y lecciones de mis vivencias, y esa es la misión de la libélula en mi vida, obtener un aprendizaje, ver la vida con otros ojos. Porque de no ser así, caería en la oquedad de una vida sin sentido.

Así que después de ese viaje, desciendo de sus alas y dejo de ser ese ser liliputiense. Abro los ojos y reflexiono, a veces todo toma forma y figura, otras, me sumo en un mar de dudas intentando entender el absurdo, porque no todo tiene una razón válida ni coherente.

Y porque las libélulas son frágiles como la vida, pero evolucionaron para romper el viento, y su aleteo pervivirá siempre pues no se les ha permitido doblar sus alas, yo volaré en ellas mientras continúen mis días y pueda desdoblarme en mis sueños.

450 Historias de León

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