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¡Buenos días, queridos lectores! Espero que estén bien y que hayan amanecido excelente. Yo llevo ya 15 días amaneciendo mucho mejor desde que me diagnosticaron apnea del sueño y comencé a usar para dormir un aparato llamado CPAP.

Quiero escribir este artículo porque creo que muchos vivimos en la ignorancia de pensar que roncar es una situación normal que se da desde jóvenes y que se va acrecentando con la edad, tal como yo creía. Desde que tengo uso de razón he oído bromas sobre la gente que roncaba: que si parecían leones, que si dormían con un oso y un largo etcétera de frases destinadas a hacernos reír y a cargarles un poco la mano a quienes lo hacían, que normalmente eran hombres mayores.

Para mí fue una sorpresa, ya casada, ir a dormir al rancho de los Gaytanes y ver que todos los hombres de aquella familia —tanto jóvenes como grandes— roncaban. Con el tiempo, mi mamá se quejaba de que mi papi también lo hacía y todo quedó ahí: pensamos que ya tenía “suficiente edad para hacerlo” y no pasamos de las bromas. Héctor, mi esposo, roncaba muy de vez en cuando; cuando lo hacía, yo solo lo movía un poco y dejaba de hacerlo, así que nunca fue un problema. Mucho tiempo después, me dio tristeza cuando él se empezó a quejar de que la que roncaba era yo… ¡me sentía mujer y demasiado joven para hacerlo!

Así transcurrieron cerca de 15 años. Héctor ha usado tapones para los oídos para poder dormir a gusto y yo he afinado mi oído para “cuidar”, según yo, la casa, ya que él no puede hacerlo… ¡Bueno, hasta mi nieta Elenita nos hace bromas sobre cómo roncamos los dos!

El chiste fue que me pidieron hacerme una audiometría y fui con mi excelente otorrinolaringóloga y amiga, la Dra. Mónica Palacios Orozco, quien tiene el centro médico Otorrino Solutions en el hospital Pablo de Anda. Al ver los resultados, me preguntó:

—¿Tú roncas?.

Al principio ¡hasta le contesté que casi no!, pero recapacitando le dije la verdad:

—Sí, desde hace más de 15 años.

Me preguntó si descansaba bien y le dije que sí, porque así lo sentía. En fin, me dijo que tenía que hacerme un “estudio del sueño”. En ese momento me colocaron un monitor de presión arterial (la tengo alta pero controlada con medicamento desde hace nueve años) y me dieron las indicaciones para colocarme esa noche un tubito nasal, un oxímetro para medir mi oxigenación y un aparato en el pecho para registrar mis latidos cardíacos. Confieso que no dormí bien, pero llevé los aparatos al día siguiente para que analizaran los datos.

¡Cuál va siendo mi sorpresa al enterarme de que el promedio de ronquidos normales es de 5 por noche y yo tuve 1655! ¡Dios mío! Moni me dijo entre risas que mi esposo era un santo por no haber huido a otro cuarto.

Aunque parecía broma, que te diagnostiquen apnea del sueño no es cualquier cosa. Las consecuencias son bastante severas porque tu cuerpo, durante la noche y en varias ocasiones debido a la obstrucción de las vías respiratorias, sufre la angustia de quedarse sin oxígeno, poniéndose en alerta máxima porque de ello depende tu vida.

¿Cuáles son las consecuencias de la apnea a corto y largo plazo? Según los especialistas (y resumido por herramientas de consulta médica):

A corto plazo:

  • Cansancio y somnolencia durante el día, incluso tras dormir muchas horas.
  • Dolor de cabeza al despertar.
  • Dificultad para concentrarse y fallas de memoria.
  • Irritabilidad, cambios de humor y menor rendimiento mental.
  • Despertares frecuentes y sueño no reparador.
  • Menor capacidad de reacción (lo que aumenta el riesgo de accidentes al conducir).

A largo plazo:

La falta repetida de oxígeno y los despertares constantes aumentan el riesgo de:

  • Hipertensión arterial o dificultad para controlarla.
  • Arritmias cardíacas (especialmente fibrilación auricular).
  • Infartos y otras enfermedades cardiovasculares.
  • Accidentes cerebrovasculares (embolias).
  • Insuficiencia cardíaca y alteraciones metabólicas (como mayor riesgo de diabetes tipo 2).

Según Mónica, esto también puede facilitar que con el tiempo se presenten padecimientos como alzhéimer, demencia senil u otros problemas similares.

Al final, me sugirió acudir a Respyra (aquí en León, en Av. León) con Diego Sánchez para adquirir un CPAP y usarlo al dormir, ya que de no hacerlo, la falta de oxigenación mermaría mi salud a no tan largo plazo. Preocupada, fui. Me dieron una atención excelente, me explicaron todo detalladamente y probaron con mucha paciencia distintos tipos de mascarillas.

Como les decía, llevo ya 15 días usándolo y, aunque cuesta un poco de trabajo acostumbrarse a la mascarilla, el aparato hace menos ruido que mis ronquidos (según mi esposo). Yo he sentido un GRAN cambio: despierto descansada y con mucha energía; sueño casi todas las noches (antes soñaba, si acaso, una vez al mes); ya no se me seca la boca ni tengo que dormir con una botella de agua en la mesa de noche; mi sueño REM mejoró muchísimo y ahora solo me levanto al baño una vez por noche —si acaso— cuando antes me levantaba hasta 4 veces… ¡De verdad es una diferencia increíble!

Así que, queridos lectores, tengan la edad que tengan, ¡a revisar su descanso! Si roncan mucho, conocen a alguien que lo haga, notan episodios nocturnos donde parece que dejan de respirar o presentan alguno de estos síntomas, ¡háganse la prueba! Nuestra salud debe ser lo más importante y más vale prevenir que lamentar.

Sierra de Lobos, Gto., a 30 de agosto de 2026.

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