De la caída del Muro de Berlín, en 1989, o acaso de la disolución del bloque soviético, en 1991, al atentado contra las Torres Gemelas, en 2001, o tal vez hasta la crisis económica del 2008: el breve lapso de lo que fue nuestra efímera segunda Edad de las Luces. Un par de décadas, a lo sumo, en las que la razón pareció regir los destinos del planeta: los regímenes autoritarios zozobraban y se desmoronaban uno a uno, y la confianza en que el libre mercado y la democracia liberal acabarían por imponerse por doquier, resolviendo de tajo un sinfín de deudas sociales, fue el fantasma que recorrió el mundo durante esos vertiginosos años. Fukuyama sentenció el Fin de la Historia y una generación se empeñó en creer que construía un futuro de prosperidad a partir de la ambición individual, en tanto el Estado quedaba reducido a su mínima expresión.
Así como la Ilustración y sus grandes ideales dieron paso al Terror revolucionario y las guerras napoleónicas que devastaron Europa, el neoliberalismo acentuó la desigualdad hasta niveles insospechados, generando un poso de resentimiento que no tardaría en convertirse en el caldo de cultivo de una era marcada por el miedo. Las subsecuentes guerras de Irak y Afganistán fueron el preludio del nuevo capitalismo de vigilancia -con los ciudadanos convertidos en datos- y la Gran Recesión acabó de plano con la confianza en un porvenir luminoso.
Si el Romanticismo reaccionó contra el racionalismo universalista de la Ilustración, nuestro tiempo es el reverso de aquellos años de fe en la democracia, los derechos humanos, la globalización y el fin de las fronteras. El horror a la violencia revolucionaria y a las huestes napoleónicas que, en aras de imponer sus grandes ideales, destruían todo a su paso propició una honda nostalgia del pasado, en particular de una Edad Media idealizada o reinventada donde se anidarían los verdaderos valores de cada comunidad. Con su minuciosa búsqueda del alma nacional, Schlegel, Fichte o los hermanos Grimm contribuyeron a dar vida a uno de los mayores adefesios imaginados jamás por los seres humanos: el nacionalismo moderno.
El Romanticismo nos legó a Beethoven, Byron o Victor Hugo -y un sinfín de almas torturadas-, pero también el germen del racismo y, al cabo, de los grandes genocidios del siglo XX. La primacía de la emoción sobre la razón -uno de sus impulsos centrales- derivó en un desencanto hacia la posibilidad, tan dieciochesca, de un gobierno de leyes y la defensa de los derechos humanos. No es muy distinto lo que ocurre ahora: tras aquellos febriles momentos, que nos suenan tan lejanos, en los que la democracia lucía como una panacea, hoy esta es vista con recelo y decepción anticipada tanto por los ciudadanos como por sus líderes. Si en veinte años no fue capaz de cumplir con sus promesas y, en vez de ello, creó miles de nuevos oligarcas, al tiempo que eliminaba la fe en el progreso en millones de personas, ¿qué sentido tendría seguirla defendiendo?
Pasamos, así, de la ilusión al hartazgo y de apostar por la sensatez a preferir la sinrazón. En vez de a un Medioevo ilusorio, Trump y su cohorte populista prometen devolvernos la grandeza perdida al tiempo que convierten a las criaturas más indefensas en el sistema capitalista, los migrantes, en sus peores enemigos: invasores que les arrebatarán sus trabajos, sus mujeres, sus valores y su estilo de vida. Solo una sociedad que privilegia los sentimientos sobre la razón podría votarlos en masa: si la verdad ya no existe -o no importa-, mejor refugiarse en la insensatez colectiva.
Un último argumento a favor de este posible Romanticismo 2.0: nuestro nuevo Frankenstein, la inteligencia artificial. Es con los ojos de quienes no leyeron con cuidado a Mary Shelley: viéndola como un siniestro gólem que habrá de desobedecernos y aniquilarnos, en vez de fijarnos en el creador que la abandona a su suerte: nuestros nuevos oligarcas que lo único que ansían es enriquecerse a costa de nuestros miedos. Vivimos, sí, en una confusa época que se deleita en las distopías y las historias de terror y aborrece cualquier llamado a la razón.