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En la cultura popular, los materiales radiactivos suelen representarse como sustancias que brillan en la oscuridad. Aunque esto no siempre es cierto, hay casos reales donde un material peligroso sí emitía un tenue resplandor azul, lo que llevó a consecuencias trágicas.

Uno de los ejemplos más impactantes ocurrió durante el Accidente radiológico de Goiânia en Brasil en 1987, cuando una fuente médica abandonada que contenía Cesio-137 fue abierta accidentalmente por personas sin conocimiento del peligro. En su interior había un polvo con un característico tono azulado que, lejos de alertar sobre su peligrosidad, despertó curiosidad y fascinación.

El interés por los materiales radiactivos y sus efectos no se limita al ámbito científico, sino que han sido ampliamente explorados en el cine y la televisión. Series como Chernobyl o producciones más recientes, inspiradas en accidentes reales, han contribuido a difundir la imagen de sustancias peligrosas que emiten luz visible, reforzando en el imaginario colectivo la idea de un brillo característico asociado a la radiación. Si bien estas representaciones ayudan a visibilizar los riesgos de los accidentes nucleares, también tienden a dramatizar ciertos aspectos, lo que puede llevar a interpretaciones erróneas sobre cómo se manifiesta realmente la radiactividad.

Representación del brillo azul asociado a materiales radiactivos como el cloruro de cesio contaminado con cesio-137 en condiciones de baja iluminación. Este resplandor es resultado de procesos de radioluminiscencia y no implica que el material sea seguro; por el contrario, indica una interacción energética intensa con el entorno.

El fenómeno detrás de este brillo no implica que el cesio-137 sea “luminoso” en sí mismo como una fuente de luz convencional. En realidad, se trata de un proceso físico conocido como radioluminiscencia. El cesio-137 emite radiación ionizante, principalmente partículas beta y radiación gamma, que interactúan con el propio material o con su entorno inmediato. Estas interacciones excitan electrones en los átomos cercanos y, cuando dichos electrones regresan a su estado fundamental, liberan energía en forma de fotones visibles. Dependiendo de las características del material y del entorno, esta emisión puede adquirir una tonalidad azulada. No debe confundirse con el famoso resplandor azul que aparece alrededor del combustible de algunos reactores nucleares. Ese fenómeno se llama radiación Cherenkov y ocurre cuando partículas cargadas atraviesan un medio transparente, como el agua, a una velocidad superior a la que la luz puede propagarse en ese medio.

El aspecto más preocupante de este fenómeno no es el brillo en sí, sino la falsa sensación de seguridad que puede generar. En el caso de Goiânia, varias personas manipularon el material precisamente porque les parecía curioso o incluso bello. Sin embargo, el cesio-137 en forma de polvo representa una de las formas más peligrosas de exposición radiológica, ya que podía dispersarse fácilmente y entrar al organismo inhalado, ingerido o a través de heridas.  Una vez dentro del cuerpo, la radiación actúa directamente sobre los tejidos, dañando moléculas esenciales como el ADN y provocando efectos que van desde el síndrome de radiación aguda hasta el desarrollo de cáncer a largo plazo. Algunos de los afectados en este accidente murieron semanas después de la exposición, mientras que otros sufrieron consecuencias severas durante años.

Por eso, ante un objeto desconocido identificado con símbolos de radiación, equipo médico abandonado o materiales de procedencia incierta, la recomendación es sencilla: no tocarlo, no abrirlo, alejarse y avisar a las autoridades correspondientes. La radiación ionizante no puede evaluarse con nuestros sentidos; requiere instrumentos especializados.

El accidente de Goiânia dejó una lección que trasciende la física, nuestros sentidos no siempre pueden advertirnos del peligro. La radiación ionizante puede estar presente sin color, olor o sonido alguno. Y aunque en circunstancias excepcionales podamos observar luz asociada a su interacción con la materia, aquello que brilla no necesariamente nos está diciendo qué tan peligroso es. Para descubrirlo necesitamos algo que nuestros ojos no pueden ofrecernos por sí solos: conocimiento, instrumentos y una comprensión científica de lo invisible. 

Desde el Centro de Investigaciones en Óptica, A. C. (CIO), este tipo de estudios forma parte de un contexto más amplio en el que la investigación científica busca comprender los fenómenos de la materia y la luz desde una perspectiva fundamental, pero también acercar estos conocimientos a la sociedad. La divulgación científica permite precisamente tender este puente entre la investigación y el público, ayudando a comprender cómo conceptos que pueden parecer abstractos tienen aplicaciones y relevancia en nuestra vida cotidiana.

Autor: Peter Ludwig Rodríguez Kessler
Centro de Investigaciones en Óptica, A.C. (CIO)

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