Existe la idea, entre políticos de profesión, de que los empresarios no deben ingresar al servicio público. Hace unos días discutíamos esta idea con miembros del Observatorio de Guanajuato. Entonces recordamos a quienes han gobernado nuestro municipio. La experiencia nos dice que, en la mayoría de los casos, quienes mejor han gobernado han sido empresarios.
Un recorrido rápido por la historia de los alcaldes leoneses nos da una idea de quiénes fueron los presidentes de excepción. Tenemos en la memoria lo sucedido en 1976, cuando el político Amador Rodríguez Leyaristi perdió la elección ante el Dr. Juan Manuel López Sanabria, una gran derrota para el PRI y el primer triunfo de Acción Nacional en la alcaldía de León. El entonces gobernador, Luis H. Ducoing, un político nato, no pudo sostener a Rodríguez Leyaristi y se inventó una alternativa ante el desasosiego popular: formar una Junta de Administración Civil, encabezada por el empresario Roberto Placencia Saldaña, quien gobernó de 1977 a 1979.
Era una “junta” formada por empresarios, políticos y profesionistas. El invento calmó las aguas gracias a la participación plural de la sociedad y a un líder eficaz. Placencia Saldaña ordenó la casa y, con un trabajo incansable, comenzó a edificar y a transformar la ciudad. Años después se empeñó en construir el Foro Cultural. Por fortuna, el Teatro del Bicentenario conserva su nombre en justo reconocimiento a su tenacidad. Fue una desgracia que en Acción Nacional no le hayan dado la oportunidad de gobernar el Estado. Sería otro.
Otro empresario que tuvo el calibre de Placencia Saldaña fue Rodolfo Padilla Padilla. Un hombre de un talento político increíble, de una capacidad de emprendimiento que pocos han tenido. En agosto de 1982 ganó la elección para diputado federal. En diciembre de ese mismo año ganó la presidencia municipal. Quien en ese entonces era uno de los empresarios más prósperos de Guanajuato comprendió que había algo más profundo y satisfactorio que hacer crecer sus zapaterías 3 Hermanos. Quienes lo conocieron de cerca pueden atestiguar que la política lo transformó para bien, y que él transformó, en menos de dos años, la forma de gobernar y construir.
Si el destino no lo hubiera detenido con una enfermedad terminal, habría sido el mejor gobernador de Guanajuato. De todos los políticos que conocí, muy pocos tenían la gran virtud de “Fito”: no pelear ni entrar en conflicto con la oposición, ni con sus adversarios dentro del PRI, ni con nadie. Sabía ganarse la buena voluntad de todos: compañeros empresarios, líderes populares o políticos de otras regiones. Cuando llegaba a una cita, lo hacía puntualmente en un modesto VW Caribe, sin chofer ni guardaespaldas. León era un paraíso de seguridad, comparado con los años recientes.
Sabía obtener lo que quería del entonces gobernador Enrique Velasco Ibarra y de su secretario de Finanzas, Raúl Robles Álvarez. Cuando vemos que nuestra ciudad sufre por pequeños conflictos que se agrandan entre los gobernantes, recordamos la sabiduría de “Fito”. Cuando las conferencias matutinas de la presidenta Claudia Sheinbaum se convierten en un rosario de conflictos y respuestas agresivas hacia la oposición, la derecha internacional o el pasado representado por Felipe Calderón, podemos recordar que la unidad construye; los conflictos destruyen.
Algo que tuvieron en común Placencia Saldaña y Padilla Padilla fue su honestidad en la administración pública. Ninguno de los dos estuvo en el cargo por dinero. Otorgaron su tiempo, su trabajo y su pasión a cambio de la enorme satisfacción de transformar a su comunidad. (Continuará)