Enredados

Cada mañana, nada más levantarnos, nos introducimos en ese diminuto objeto que nos promete el mundo.

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Por: Jorge Volpi

Cada mañana, nada más levantarnos, nos introducimos en ese diminuto objeto que nos promete el mundo. Todavía legañosos, dejamos que el brillo nos taladre las pupilas con su avalancha de información: saludos, chistes, memes, noticias, canciones, ruidos, fotos, videos. A partir de ese momento, y hasta que al fin regresamos al sueño, no dejamos de asirnos a ese adminículo que se ha convertido en otro órgano de nuestro cuerpo: una herramienta que es ya una parte indisoluble de nuestra memoria y de nuestra relación con el universo y con los otros. No dejamos pasar más de diez o veinte minutos haciendo otra cosa -cualquier otra actividad- antes de volver a abismarnos en ese agujero negro en busca de algo que, por supuesto, no buscamos: alivio a la ansiedad, a la depresión, a la acedia, a la vida.

Todo pasa por allí: nuestras relaciones personales, familiares y amorosas; las largas horas de trabajo a distancia (o las instrucciones de nuestros jefes), juntas y encomiendas; compras de todo tipo de productos, y ahora también, sobre todo, de alimentos; el entretenimiento, los deportes y el arte; y, en fin, impúdica la exhibición de nuestras vidas y nuestros pensamientos. Si antes de la pandemia la tendencia a pasar buena parte de nuestro tiempo en la pantalla no hacía sino acelerarse, ahora vivimos adentro de ellas. Pantallas pequeñas y medianas -las grandes, las de los cines, nos han sido arrebatadas-, pero sobre todo pequeñas: en una encuesta reciente realizada por la UNAM, constatamos que los teléfonos celulares son, por mucho, las herramientas tecnológicas más usadas por los jóvenes incluso para leer o ver películas.

Si nuestras mascotas -o una civilización extraterrestre- se dedicasen a estudiarnos, de seguro se sorprenderían ante estos bípedos atados a sus computadoras de bolsillo. El mundo es, de pronto, ese mundo. En particular, la vida social que creemos mantener allí. Porque, mientras creemos jugar, flirtear, divertirnos, conversar, insultarnos, derrochando allí nuestra libertad, lo cierto es que somos esclavos de un puñado de empresas que nos han convencido de que nos ofrecen un servicio gratuito. El espejismo es doble: trabajando a destajo y sin sueldo, produciendo la información con que sus dueños y accionistas se enriquecen, a cambio de nada.

Unos pocos se benefician del trabajo de millones: a Marx le habría sorprendido una explotación tan aviesa. El sistema es astutamente perverso porque nos hace creer que es justo: a fin de cuentas unos astutos innovadores crearon estas empresas (ejemplo vivo de la sacrosanta libertad de los mercados) y tienen derecho a sacarles todo el jugo posible. Solo que ese jugo lo producimos nosotros. Peor aún: solo que ese jugo somos nosotros.

Hipnotizados y fascinados, llevamos dos décadas trabajado febrilmente para ellos hasta convertir sus compañías en monstruos que rivalizan con el poder de los estados. Les entregamos bobamente toda la información que producimos -nuestras almas- para que ellos la empaqueten y vendan al mejor postor, solo para luego revertírnosla en anuncios personalizados que incrementarán las ventas de otras empresas. Para colmo, se han adueñado casi por completo del espacio público (más aún con la pandemia), expropiándonoslo e imponiéndole (claro, porque son empresas privadas) sus propias reglas, mismas que cambian a su antojo o acomodan a su conveniencia.

¿De verdad esta es la única posibilidad que tenemos? ¿Ser parte de este capitalismo de datos (y vigilancia) en el que somos meros peones? Se impone imaginar otras alternativas, que pasarán, por supuesto, por regular férreamente a estas empresas, por dividirlas y amoldarlas al bien común. Pero esa regulación no puede contemplar solo defender la absoluta libertad de expresión -por puro miedo a que un político se vea censurado, in extremis, como Trump-, sino también regular la forma como estas empresas, que viven a partir del tráfico de datos, no discriminan las mentiras que -como las de Trump- son capaces de destruir la democracia. Se trata de una afección global que exige respuestas globales, no parches nacionalistas: nos corresponde unirnos a las luchas por cambiar radicalmente la tétrica lógica del sistema.

@jvolpi

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