Dicen que una cabeza cortada todavía respira, mira y piensa por unos segundos después de ser arrancada del cuerpo, algo así habrán sufrido Luis XVI, María Antonieta o Robespierre, tiranos de su época condenados a la guillotina por una turba que buscaba, tal vez con justa razón, una vendetta por las humillaciones.
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