Pasan los días, cambian los escenarios y las personas. Con algunas, me resulta más difícil desprenderme porque me siento unida con hilos invisibles.
No se perciben a simple vista. Sin embargo, sus puntadas son firmes y resistentes, están formados de la materia etérea de las palabras nobles que perduraron y se adhirieron con fuerza al corazón.
Cuesta aceptar que no volverán esos días que se hicieron rutina, pero que me daban certidumbre, que aquietaban mis dudas y llenaban mis silencios.
No ocurre igual con todas las ausencias. Algunas, por el contrario, me dieron libertad, como si extendiera al fin mis alas y soltara anclas mohosas que me mantenían inmóvil.
Otras, como la tuya, duelen. Porque es como si hablara de mí misma, de la parte de ti que me habita.
Me dicen que llegarán nuevas personas, nuevas amigas, más yo no lo siento así, no puedo explicármelo con esa simplicidad pues lo vivo de otra manera. Y aun así, lo acepto porque no está en mis manos decidir y creo que el mayor acto de amor es dejar libre aquello que nos fue prestado por el universo.
Cuando reflexiono sobre esto, mi mente, invariablemente vuelve a ese apego que moldeó mi ser, a esos brazos tibios que me prometieron un mundo nuevo. Me mecían con un latido de fondo, como el rumor de una cascada que se escuchara con fuerza, y después, fluía por mi sangre haciendo de mí, un río también.
Pienso en los paisajes que ya no son los mismos, he llegado a sentir que estoy viviendo en un lugar que ya no reconozco. Miro por la ventana y ya no están las araucarias. Fueron cortadas sin piedad con una sierra fiera. Y ese sonido, decía victorioso; se van y no las volverás a ver. Y así fue.
Una partió primero, la otra se fue secando ante mis ojos. Tal vez pensaron que era mejor terminar de una vez, así que la desprendieron también en pedazos.
Así avanzamos. Nos confeccionamos con puntadas desiguales, con uniones limpias o torcidas.
Porque el corazón es un sastre remendón que sabe hacer zurcidos invisibles que no vemos a simple vista, pero son los más fuertes y resistentes. Esos, que resultaría imposible deshacer sin perder fragmentos de nosotros mismos.
Y eso, me da un poco de paz. Porque, aunque deba de acostumbrarme como hice con las
araucarias, lo mismo sucederá contigo. Irás conmigo, unida con puntadas firmes.