En las últimas fechas podemos notar el crecimiento exponencial de la IA. Aunque aún no llega la inteligencia artificial general de manera formal, las respuestas que nos dan plataformas como ChatGPT, Claude y Gemini muestran inteligencia superior. Los expertos del gobierno norteamericano, en particular el Departamento de Guerra (antes Departamento de Defensa), reconocen el potencial de estos modelos para sus propios fines.
Estrategias complejas de ataque con drones autodirigidos, robots armados y toda suerte de cohetes “inteligentes” capaces de evadir las defensas contrarias. Hasta nuestros días, la guerra cibernética consiste en invasiones de sistemas de información del adversario, el robo de identidades y el secuestro de servidores. El siguiente escalón de ascenso bélico está fuera de nuestra comprensión, aunque tenemos noticias sobre lo que se puede esperar.
El Departamento de Guerra exigió a Anthropic, dueña de Claude, su colaboración en la creación de armas físicas asistidas por IA. La empresa fundada por Dario Amodei consideró que no podía permitirse los juegos de guerra del gobierno conservador y radical de Donald Trump. Desde que inició su desarrollo, Anthropic pelea por contar con barandales de protección social frente al poderoso instrumento que hoy tenemos a la mano. Como pocos, Amodei se convirtió en el defensor de la seguridad ante todo.
A Trump no le gustó la idea de tener una empresa norteamericana ajena a sus planes militares, una entidad que no colaborará con el Departamento de Guerra. Como venganza, ordenó que ninguna agencia gubernamental federal otorgara contratos a Anthropic. ¿Si otros países, como China, contarán con el apoyo de todas sus empresas de IA, Estados Unidos quedará en desventaja si no aprovecha el conocimiento y la tecnología que se generan en su país? Es una razón estratégica válida, pero no legal en una democracia, en un país de libertades.
OpenAI, la empresa dueña de ChatGPT, se ofreció a cubrir el hueco dejado por Anthropic. Sam Altman, su director, no desaprovechó la oportunidad de ser el chico bueno ante Trump. El presidente norteamericano tachó a Anthropic de izquierdista y casi la declaró enemiga pública de su país. Pero dadas las decisiones unilaterales y presuntamente ilegales de Trump para crear el peor conflicto en décadas en Medio Oriente, entregarle todo el poderío de Claude genera graves problemas de conciencia para Amodei. Lo paradójico es que OpenAI fue fundada como una empresa sin fines de lucro y hoy está valuada en cientos de miles de millones de dólares gracias a la ambición de Altman.
El reto es que no solo los gobiernos y los ejércitos cuentan ahora con la potencia de la IA para desarrollar armas desconocidas y muy poderosas. También los particulares pueden crear engendros dañinos: los hackers cuentan con la capacidad de desestabilizar sistemas financieros, secuestrar servidores y pedir rescate, o robarse datos, como sucedió con el presunto hurto de 160 gigabytes de información del INE o del SAT, todo ello con la ayuda de la misma plataforma de Anthropic.
Sabemos que la presidenta Claudia Sheinbaum es capaz de comprender la amenaza cibernética que enfrenta todo gobierno, así como de utilizar la IA para combatir la delincuencia organizada o el lavado de dinero. Ella no confía en los “detente”.
Nos encontramos ante una herramienta más inteligente y poderosa que la del común de los mortales. Nos sobrecogen todas sus capacidades, desde resolver una ecuación compleja hasta reconocer si un lunar puede ser peligroso. Para bien o para mal, cada día dependeremos más de ese artificio increíble.