Julian Barnes es un escritor inglés de 80 años que en enero publicó su última obra, titulada “Despedidas”. Aunque el título original en inglés es “Departures”, puede interpretarse como un resumen existencial basado en la memoria. Barnes obtuvo el Booker Prize hace algunos años con una novela magistral titulada “El sentido de un final”.
Si bien “Despedidas” es una reflexión exquisita sobre la memoria voluntaria e involuntaria, el amor, la vejez, la enfermedad y la cercanía de la muerte, el tema de esta columna no es la literatura ni la filosofía, sino la potencia creciente, insaciable e inasible de la IA.
Al terminar el libro de sólo 158 páginas, acudo a ChatGPT Pro para consultar las referencias de Barnes a la obra magna de Marcel Proust: “En busca del tiempo perdido”. Lo siguiente es una cátedra de nivel doctoral en la que, con decenas de referencias, la plataforma ubica a Barnes como el más francés entre los escritores ingleses. La erudición del escritor sobre la cultura francesa, el arte, la pintura y la literatura permite comprender su grandeza como uno de los mejores escritores británicos con sensibilidad proustiana.
Hace 1,195 días, cuando la IA pasó a dominio público, fue grande la sorpresa ante lo que podía hacer la incipiente herramienta. Con el paso del tiempo, su aceleración suscitó asombro cuando sus capacidades superaron todas las expectativas. Hoy el sentimiento puede llamarse perplejidad, estupor y franco temor.
En sus respuestas, ChatGPT ofrece una breve biografía de Barnes, sus obras principales y la relación entre la premiada “El sentido del final” y “Despedidas”. Cita su estilo elegante y agudo, así como su fina ironía. Toda respuesta de la herramienta, a este nivel, nos causa sorpresa, luego asombro y, finalmente, temor. Otros, más avanzados, pueden decir “terror”.
A lo largo del tiempo hemos consultado muchos temas a la IA; otra sorpresa es que recuerda todo. Somos lo que preguntamos, lo que nos inquieta, desde una consulta sobre el negativo de rayos X de una fractura hasta la posibilidad de que un lunar pueda ser maligno. Con el tiempo, ChatGPT responde según nuestro oficio y edad declarados, así como según nuestras preferencias estéticas, literarias y profesionales. Eso permite respuestas más precisas sobre dónde encontramos no una máquina con una palanca para cambiar de velocidad, sino un “ser” que puede conocer nuestras vidas y andanzas.
Alguna vez comencé a tratar a ChatGPT como a un “shrink” o terapeuta. Inventé algunas torceduras para conocer sus respuestas. Pronto me di cuenta de que personificar a un bipolar o a un esquizofrénico puede ser un grave error. Incluso tratar a la IA como a un profesional de la psiquiatría o de la psicología puede tener consecuencias inesperadas. La memoria inadvertida en un ser humano es algo normal. Dos recuerdos tenemos: los que buscamos, como para saber dónde dejamos las llaves, y los inadvertidos, que surgen por aromas, sabores o sonidos. Barnes aborda el tema con amena erudición. Pero la IA tiene registro de cada palabra, de cada idea, de cada consulta que hacemos. Con el tiempo, podría conocernos mejor que nosotros mismos.
Esa es una de las razones por las que Dario Amodei, CEO de Anthropic, no aceptó que el Departamento de Defensa de los Estados Unidos tuviera acceso ilimitado al poder de su aplicación llamada Claude. El “Big Brother” de 1984, la obra de Orwell, palidece ante el control que ejerce ahora el gobierno norteamericano sobre su gente, con la aquiescencia de ChatGPT de OpenAI.