Historia 198
Esta es la historia 198 de 450 que te contaremos sobre León
“¿Y a este muchacho de dónde lo sacaron?, ¡tiene una mano santa!”, fue la expresión de un narrador al ver la habilidad de un espigado joven que vestía el jersey de la Universidad La Salle, en Ciudad de México. Desconocido todavía, pero llamado a poner el nombre de León en el Olimpo del basquetbol.
José Arturo Guerrero Moreno, apodado “Mano Santa” desde aquel entonces, anotó 52 puntos en ese partido del 11 de junio de 1965, a sus 17 años y cuando recién había recibido su primer salario como profesor en una escuela secundaria, un recuerdo que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue vivo en su memoria.
Yo digo que el destino estaba escrito, para ir allá no tenía recursos, me habían invitado a ver el partido pero no a jugarlo, y resulta que un jugador de La Salle que era mi rival en torneos juveniles, Abel Mier, se hizo de bronca en el juego, lo expulsaron, íbamos abajo en el score y el entrenador me metió”, recordó Guerrero.
A casi 61 años de aquel momento, que significó el inicio de su exitosa y destacada carrera como jugador y entrenador, el también apodado “Pitos” conserva la imponente estatura heredada de su padre, así como el aplomo que en su infancia le permitió soñar en grande.
“Empecé mi carrera a los 10 años, empecé defendiendo a Guanajuato en campeonatos infantiles y juveniles, inicié en 1962 y en mi primera intervención en San Luis Potosí me puse una meta muy importante, yo dije: ‘voy a ser olímpico en 1968’, me enfoqué en ello, me preparé y tuve la dicha de cumplirlo”.

Representa a México
Pero los únicos Juegos Olímpicos que ha albergado México no fueron la única justa internacional en la que Guerrero representó al combinado tricolor. Los Juegos Panamericanos también gozaron de su presencia, al igual que los Centroamericanos, donde se coronó campeón anotador en cuatro ocasiones: 1966, 1970, 1974 y 1982.
Lo de “Mano Santa” no era solo un apodo, era una respuesta a lo que de él se veía en la duela: un elemento certero, hábil, rápido, especialista en tiros de larga distancia, pícaro y que también disfrutaba de jugadas espectaculares que sorprendían a la afición.
“Ahorita ya de grande veo recortes y digo: ‘¿a poco hice eso?’, como que no era posible. Cuando hice el contacto con el primer balón hubo esa vibra, ese deseo, algo muy padre y yo al basquetbol le estoy muy agradecido de todo lo que ha pasado”, señaló “Pitos”.
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Su padre, no obstante, tenía un plan muy distinto, alejado de las duelas y los gimnasios y más cercano al campo, donde, desde muy niño, Arturo aprendió a montar para destacar en la charrería.
“Mi papá quería que fuera charro, él lo era y quería que yo siguiera esa tradición. Yo ya montaba, montaba bien y me la pasaba con él en las vacaciones, todo diciembre y enero. Me hacía piscar mazorcas, cortar alfalfa, dársela a los animales, a mí me fascinaba. Él falleció cuando yo tenía 9 o 10 años, y fue cuando mis hermanos me invitaron a sus juegos de basquetbol y ahí hice contacto con algo muy especial para mí”, cuenta.

Al igual que su gran amigo, Antonio “Tota” Carbajal, Guerrero Moreno tuvo la oportunidad de jugar en las más altas esferas del basquetbol, pero el reglamento era distinto en aquel entonces, y haber aceptado los ofrecimientos de la NBA habría significado renunciar a la Selección Mexicana.
Tuve cinco ofrecimientos de la NBA: de los Rockets de San Diego, los Cleveland Cavaliers, los Knicks de Nueva York, los Lakers de Los Ángeles y los Spurs de San Antonio (…) Yo no fui porque el reglamento decía que si yo jugaba en la NBA, automáticamente uno se volvía profesional, entonces ya no podías jugar con la Selección porque se suponía que acá era todo amateur. Esa regla cambió tiempo después, ya en 1992”, recordó.
Mejor Jugador Juvenil de México
Aunque esa casilla quedó desierta en su impresionante currículum —en el que también destacan el haber sido nombrado Mejor Jugador Juvenil de México en 1964 y el Premio Nacional del Deporte en 1970—, el “Mano Santa” no se arrepiente de la decisión que tomó.
“Me quedo con la duda de ¿qué hubiera pasado si Arturo Guerrero hubiera llegado a la NBA?, pero no con un mal sentimiento sino como un cuestionamiento, donde sí me dolió fue haber dejado al Sírio de Brasil, allá se portaron muy bien conmigo, dejé Brasil por irme a Italia a jugar”.
Guerrero también defendió los colores de Lechugueros, Dragones, Águilas del IMSS, Telepar y la Universidad La Salle; y como entrenador presume la única medalla de oro que México ha ganado, en basquetbol, en los Juegos Centroamericanos.
“Como entrenador de la selección estuve como 8 años, dirigí 153 partidos, ganamos 114 y perdimos 39, ganamos medalla de plata en Panamericanos y oro en Centroamericanos en 1990, que no se ha vuelto a ganar; la Copa Williams Jones también la ganamos”, señaló.
Disciplina, determinación y disposición
En su carrera como jugador, en distintos equipos del país y el extranjero, Arturo Guerrero disputó un total de mil 359 partidos, mismos que guardan una infinidad de recuerdos plasmados en las paredes de su casa. Fotografías enmarcadas, recortes de periódico, reconocimientos y balones cuentan una historia en cada rincón.
“Sí tenía esa certeza (de que iba a lograr algo importante), pero me sorprende la determinación que tenía de chico. Por eso les digo a los chamacos, el deporte lo defino en tres D: disciplina, determinación y disposición, y esas son premisas infalibles para lograr el éxito”, destacó.

Desde su infancia ha sido congruente con cada una de estas palabras: cuando decidía entrenar en lugar de salir con sus amigos, o cuando, tras el fallecimiento de su papá, buscó la manera de apoyar a su mamá.
“Yo vendía pollitos en los mercados, compraba cajas de pollitos, 100, 200 pollitos y los vendía sábado y domingo. Me compré un diablito y ahí echaba mis cajas y todo, luego también subía unos costalitos de maíz también para vender, vendía papas, le buscaba y así ayudaba a mi mamá, ‘mi Gordis’, así le decía. Trabajé incluso en la feria, de barrendero, estaba terminando la Primaria”.
La pandemia del COVID
Y fue esa determinación, además de los cuidados de su familia, la que también lo mantuvo con vida en 2020, cuando dio positivo a COVID.
Me decían el jonrón: ‘Se va, se va…’, no me fui, aquí sigo”, recordó entre risas, una vez superada esta prueba, la cual resolvió igual a como resolvía su jugada favorita en la cancha.
Cuando la bola se estrella en el tablero parece que todo está perdido, y de pronto aparece una mano santa que sostiene el balón tras el rebote, lo controla y, contra todo pronóstico y los brazos que se revuelven bajo la red, lo clava en el aro para seguir sumando en el score.
DAR
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