“A Cuba hay que convertirla de una nación de proletarios en una de propietarios”.
Jorge Mas Santos
La historia no absolverá a Fidel Castro, ni al Ché Guevara, ni a Raúl el hermano; tampoco absolverá a quienes apoyaron incondicionalmente al Partido Comunista Cubano. La historia condenará a quienes tuvieron sometido y sin esperanza a un pueblo extraordinario. Pronto, quienes están en el lado equivocado de la historia tendrán que reconocer que la liberación de Cuba es la libertad de su pueblo y no la manutención de un gobierno parásito.
Cuando Fidel Castro dijo: “El juicio de hoy puede condenarme, pero el juicio de la historia demostrará que yo tenía la razón”, estaba equivocado. El comunismo que instauró en la isla fue producto del odio que engendra la idea de la lucha de clases marxista, no de un proyecto que diera a los ciudadanos la oportunidad de convertirse en dueños de su destino.
En los libros quedará la historia de la miseria que vivió Cuba antes de la liberación: la esclavitud de sus doctores, explotados en el extranjero para allegar recursos a la dictadura; quedarán las fotografías de La Habana y sus ciudades, destruidas por dentro y por fuera. Quedará en la memoria cómo Fidel, que condenaba la prostitución en la era de Batista, convirtió a la isla y a su gobierno en el proxeneta de sus mujeres jóvenes y en el lugar de mayor tráfico sexual del Caribe.
Jorge Mas Canosa, calificado por Fidel como parte de la “gusanera” cubana en el exilio de Florida, será reivindicado por el proyecto de reconstrucción de su hijo y otros exiliados, que vendrá después de la liberación. Desde Estados Unidos y de muchas otras partes del mundo llegará la inversión. Cuba no necesita dádivas, ni siquiera un “Plan Marshall” como el que hubo en Europa después de la guerra. La energía de la libertad, aunada a los mercados abiertos, logrará un nuevo milagro latinoamericano.
Será el triunfo de la libertad sobre el sometimiento; será la prevalencia de la razón y del pragmatismo sobre el dogma o la creencia ciega en la Revolución. En México habrá muchos Marx Arriaga y otros fanáticos de la religión marxista que perderán porque su modelo es de odio y división. El tiempo los rebasa, al igual que a Andrés Manuel López Obrador, cuya causa por la dictadura está perdida por más teatro que haga.
Siempre las comparaciones son interesantes. Haré una que puede parecer increíble e incluso ofensiva u odiosa, pero no menos cierta: Singapur optó por el capitalismo desarrollado, cero corrupción, un gobierno de los más competentes, la inversión y el ahorro; optó por recoger lo mejor de las instituciones heredadas del imperialismo británico. Sin odio ni rencor por los años de sometimiento, instauró la mejor burocracia y la libertad económica plena.
Singapur, con la mitad de habitantes y una veinteava parte del territorio, podría sacar un cheque de sus reservas y comprar todos los activos de Cuba; podría comprar la isla entera. Eso, sin petróleo, agua ni espacio para la agricultura. Algo para reflexionar y relatar. Es la historia de dos islas que cambiaron de régimen en 1959; una optó por la libertad, la inversión extranjera y la disciplina de la ley. Promovió la armonía social y abrió sus puertas al mundo. Otra echó a patadas a los empresarios, incautó sus bienes e hizo alianza con otras dictaduras. Culpó de todas sus desgracias a Estados Unidos y navegó por la pobreza hasta que reventó en el año 67 de su Revolución. Muchas vidas destruidas, familias separadas y el potencial humano en la basura. El fin llega por fortuna.