La espera se hizo larga y las palabras nunca llegaron. Esos labios permanecieron cerrados, negándose a decir aquello que estabas esperando.
Y no es que se te fuera la vida en eso, pero crees que, si las hubieras escuchado, habrías experimentado una sensación de plenitud, de afirmación, de reconocimiento que hubiera sumado a tu vida.
A veces, los muros parecen de hierro, los fuertes de los castillos impenetrables, así lo piensas, aunque reconoces que muchas veces, ante esas actitudes, llegaste a dudar de tu visibilidad.
Ahora, que no tienes duda de tu autenticidad, interpretas de otra manera esos silencios de odio, y comprendes que no había en ti nada malo ni invisible, que el error no estaba en ti. Estaba en ellos, que eran vasijas huecas pues nunca aprendieron la benevolencia de las palabras, y pretendieron anularte a base de omisiones.
Esos labios, comprendes ahora, no hablaron porque estaban imposibilitados por el gran, inmenso e infinito egoísmo que los habitaba. Y esto, en vez de desatar tu enojo, despierta tu compasión y tu pena.
Y te preguntas, ¿Qué sucedió con esas sílabas silenciadas, engullidas que quedaron en ese cuerpo alimentándolo con el cianuro de la indiferencia?
Porque las palabras, vuelan como palomas, y son lazos de unión durante una vida entera.
Y al evocarlas calman tu sed pues son inagotables, son vivas y cristalinas, como si entraras de lleno a esa cascada para restaurarte de nuevo.
Cuando no es así, se enrancian y corrompen, corroen ese corazón mezquino que las alberga, que, en su tacañería, cree ganar ignorando que se destruye, anquilosándose sin remedio.
Por eso, es que has decidido no privar a ninguno, y expresarte sin guardarte nada, sencillamente porque no vas a cargar con lo que no te corresponde. Te has prometido ser generoso en prodigar el reconocimiento, el cumplido y el halago. Porque no quieres repetir patrones viejos ni aplicar en ti viejas plantillas que repeles, que no son de tu medida, porque has roto esos moldes.
Ahora, yo, al amparo de mi madurez, reflexiono y examino tus palabras concediéndote la razón. Esa forma de actuar se administraba dando el amor únicamente a cuentagotas.
Por contraparte las palabras generosas, se han enraizado profundo en ti, y esos renuevos, cual ramas o brazos, te rodean proveyéndote de lo que un tiempo se te negó. Y que tristemente, murió azolvado en lo más profundo de un corazón repleto de amargura.
Pero eso, no pasará con el tuyo, así será, porque tú, te lo has prometido.