“Se afirma que ciertas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales, que poseen derechos inalienables otorgados por su Creador, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que los gobiernos se establecen para garantizar esos derechos y derivan su poder del consentimiento de los gobernados”.

Principios de la Declaración de Independencia de las 13 colonias norteamericanas de la corona británica el 4 de julio de 1776. 

Estados Unidos cumple 250 años desde que declaró su independencia. Hombres de enorme estatura diseñaron una democracia popular sin necesidad de reyes ni monarcas. 

“We the people” (Nosotros, el pueblo) es la frase que da inicio a la nación más poderosa e importante del mundo. Durante su evolución, Estados Unidos pasó de 13 colonias a 50 estados. Compraron Luisiana y Florida, cercenaron a México quitándole la mitad de nuestro territorio; compraron Alaska por una bicoca. 

Aunque declaraban el derecho divino a la libertad, sus fundadores tenían esclavos: George Washington, en su hacienda de Mount Vernon, en Virginia. Thomas Jefferson en Monticello. El héroe ilustrado, embajador y presidente, tuvo una familia de 6 hijos con una esclava mulata, Sally Hemings, quien, a su vez, era media hermana de su esposa Martha Wayles. 

La fuerza de la cultura esclavista tuvo como desenlace la Guerra Civil, entre el Sur y el Norte, entre Abraham Lincoln y los gobernantes sureños que querían escindir su país. Pero aun después de la abolición, la libertad no fue igual para todos. La discriminación y la segregación persistieron incluso después de la lucha por los derechos civiles. En 1968 estudié en una secundaria al norte de Detroit; la escuela era pública. De 2000 estudiantes, solo uno era de color. 

Hoy, la libertad no es igual para los mexicanos indocumentados, quienes contribuyen a forjar la riqueza de ese país, pero no gozan de la igualdad que profesa la Constitución. Por fortuna, a los hijos de emigrantes nacidos en EU se les respetará la nacionalidad. A pesar de todo, el vecino sigue evolucionando. En menos de 60 años se han afirmado los derechos de las minorías; se han creado leyes en defensa de la mujer y de los grupos de orientación sexual distinta.

Ningún país ha logrado la riqueza, la cultura y la pluralidad racial como EE. UU. Tampoco la fuerza militar que se ha usado sin sentido, como en Vietnam y hoy en Irán. Para muchos mexicanos, es una gran oportunidad ser sus vecinos; para otros, rabiosamente nacionalistas, es una amenaza constante a nuestra soberanía. 

El actual gobierno se encontró con un problema heredado que tensa las relaciones como nunca antes. Muchos políticos y gobernantes de México pensaron que sería una buena estrategia traer dólares mediante la exportación de drogas a través de los cárteles del narcotráfico. Amado Carrillo Fuentes, apodado “El señor de los cielos”, logró impunidad al comprar a miembros del Ejército Nacional, pero su mantra era que “enviaba drogas al norte, pero castigaba a quien las vendiera en México”. 

En el conflicto reciente por el tráfico de fentanilo, que ha provocado cientos de miles de muertes en Estados Unidos, se rompió un hilo. Mientras el presidente Andrés Manuel López Obrador negaba que hubiera laboratorios aquí, en pocos meses el gobierno de Claudia Sheinbaum ha destruido más de 2000. Pronto veremos una mayor injerencia e influencia norteamericana. Se necesita visión de Estado para vivir al sur del gigante y sacar el mejor provecho de la vecindad.