Historia 369
Esta es la historia 369 de 450 que te contaremos sobre León
Antonio Segoviano Hernández pasó de trabajar como rebocero a dejar sus pinturas en templos, capillas y otros espacios de León, además de convertirse en maestro de una generación de artistas que continuaría su legado.
Nacido en León en 1879, creció en una familia humilde dedicada a la rebocería y estuvo ligado desde sus primeros años al barrio de San Juan de Dios. Con el tiempo, aquel joven de origen modesto se convertiría en uno de los representantes de la pintura leonesa de la primera mitad del siglo XX.
Su obra permanece todavía frente a los ojos de miles de personas. Pinturas de Segoviano pueden encontrarse en la Tercera Orden, San Juan de Dios, San Francisco del Coecillo y otros recintos religiosos de la ciudad, mientras que parte de su producción se conserva en el Museo de la Ciudad.
Su legado, sin embargo, fue más allá de sus propios pinceles. Compartió sus conocimientos con jóvenes como Nabor Quiroz, Eloísa Jiménez y Lázaro Zambrano, quienes posteriormente desarrollarían sus propias trayectorias dentro de las artes plásticas.
De la rebocería a la pintura
Antonio Segoviano creció en la calle Díaz Mirón, en el barrio de San Juan de Dios. Provenía de una familia de reboceros y él mismo ejerció este oficio para subsistir mientras desarrollaba su vocación artística.
Su formación fue principalmente autodidacta, aunque recibió orientación del pintor Candelario Rivas, quien llegó a León a principios del siglo XX para realizar trabajos en la Catedral.
Segoviano fue perfeccionando por cuenta propia el dibujo y la pintura. Durante años permaneció prácticamente fuera del circuito comercial del arte, hasta que en enero de 1914 presentó sus primeros óleos en los concursos de artes plásticas de las Fiestas de Enero de León y comenzó a llamar la atención del público local.
Su producción se desarrolló principalmente en el arte religioso y el retrato, aunque también realizó paisajes y obras inspiradas en otros temas.
El historiador Mariano González Leal lo describe como un pintor excepcional, modesto y con una enorme disposición para compartir desinteresadamente sus conocimientos con las nuevas generaciones que mostraban inquietudes artísticas.
Su obra permanece en la Tercera Orden
Uno de los lugares que conserva una parte importante de la obra de Antonio Segoviano es el Templo de la Tercera Orden.
Ahí se encuentran El sueño de San Francisco de Asís, en la sacristía; San Francisco y Santa Clara adorando al Santísimo; San Francisco adorando al Niño Dios; San Francisco ante Cristo y la Virgen María y Estigmatización de San Francisco.
También se conservan representaciones de los cuatro evangelistas, San Francisco con Santa Eduviges, El Señor del Gran Poder y La Virgen del Apocalipsis, además de obras ubicadas en la Capilla de San Antonio.
La presencia de Segoviano se extendió a otros recintos religiosos de León. En el Templo del Inmaculado se encuentran imágenes de Cristo y del Perpetuo Socorro, mientras que en el Templo de las Tres Aves Marías está el mural Acción de gracias con María.
En el Templo de la Soledad, frente al Mercado Aldama, las pinturas de los cuatro evangelistas ubicadas en las pechinas son obra de Segoviano; el resto de las pinturas del recinto corresponden a su alumno Nabor Quiroz.
Pintó en el barrio que lo vio crecer
Entre 1923 y 1924, Antonio Segoviano realizó las cuatro pechinas del Templo de San Juan de Dios, en el mismo barrio al que estuvo ligado desde sus primeros años.
Las pinturas representan escenas relacionadas con la vida de San Juan de Dios y todavía forman parte del interior del recinto.
A la entrada del templo se encuentran además Nuestra Señora del Sagrado Corazón, acompañada de un monograma mariano, y una representación de San Antonio de Padua.
De esta manera, una parte importante de la obra del artista terminó precisamente en uno de los lugares fundamentales de su propia historia.
Su obra llegó al Coecillo
Segoviano también dejó sus pinceles en el Templo de San Francisco del Coecillo. En el crucero de entrada se encuentra una representación de San Francisco de Asís acompañado de pájaros.
Su trabajo se extendió al Teatro Fray Pedro de Gante, donde se encuentran los murales Fray Pedro de Gante, instructor de ciencias y arte y El arte mitiga el dolor.
Existen además obras atribuidas al artista en otros puntos del estado de Guanajuato, entre ellos San Felipe.
El encargo de Valverde y Téllez
Entre las obras de Segoviano destaca también una relacionada con uno de los símbolos religiosos más importantes de Guanajuato: Cristo Rey.
El obispo Emeterio Valverde y Téllez le encargó plasmar una visión relacionada con el monumento a Cristo Rey en el Cerro del Cubilete.
En la pintura, Cristo aparece entrando a la ciudad en un carro tirado por dos leones, con el Sagrado Corazón como elemento central. La composición incluye además personajes de la época, entre ellos al propio Valverde y Téllez arrodillado.
La obra constituye un testimonio de la estrecha relación que Segoviano mantuvo con el arte religioso durante buena parte de su trayectoria.
También fue retratista
Aunque gran parte de la obra que permanece visible en León es de carácter religioso, Segoviano también desarrolló una importante faceta como retratista.
El Museo de la Ciudad conserva varias de sus obras. Entre ellas se encuentran Paisajes, Anciano, Mujer de negro y Mujer con medallón, realizadas al óleo sobre tela.
Dentro del acervo iconográfico local se encuentra también el Retrato de Refugio González Ocampo, otra muestra de una vertiente de su producción que trascendió los temas religiosos.
El maestro de una generación
La importancia de Antonio Segoviano para las artes plásticas de León no puede explicarse solamente a través de sus pinturas.
Alrededor suyo se formó una generación de artistas a quienes compartió sus conocimientos de dibujo y pintura. Entre sus discípulos estuvieron Nabor Quiroz, Eloísa Jiménez, Lázaro Zambrano y Benito Castañeda, entre otros.
Segoviano daba especial importancia al dibujo. Antes de permitir que sus alumnos avanzaran hacia la pintura, debían dominar esta disciplina.
También destacó por compartir sus conocimientos sin buscar una remuneración económica. Esa generosidad fue uno de los rasgos que Mariano González Leal resaltó al hablar de su legado.
Algunos de aquellos alumnos continuaron desarrollando la tradición pictórica de la ciudad. Nabor Quiroz, por ejemplo, se convirtió posteriormente en uno de los artistas de arte sacro más reconocidos de la región, mientras que Eloísa Jiménez desarrolló una importante trayectoria como retratista y miniaturista.
Su legado permanece en León
Antonio Segoviano murió en 1957, pero su obra permaneció en los templos, colecciones y espacios culturales de la ciudad, así como en los artistas que recibieron sus enseñanzas.
Décadas después, su nombre fue otorgado a la Escuela de Artes Visuales Antonio Segoviano, perteneciente al Instituto Cultural de León. Manteniendo vigente precisamente una de las facetas que distinguieron al pintor: la formación artística.
En 2026, el Archivo Histórico Municipal de León recuperó su trayectoria con la publicación Antonio Segoviano Hernández. Tejiendo el arte en León, investigación realizada por su director, Rodolfo Herrera Pérez.
Se realizó con el fin de difundir la obra de Segoviano, que lo conozcan las nuevas generaciones y se le valore en toda la dimensión como pintor y como artista”, explicó Herrera Pérez.
Hoy, más de un siglo después de que comenzara a darse a conocer como pintor, la obra de Antonio Segoviano continúa distribuida por León. Está en templos, museos y otros espacios por los que diariamente pasan personas que quizá desconocen quién realizó aquellas pinturas.
Conocer su obra es también recuperar la historia de un leonés que salió de una familia de reboceros, hizo de la pintura su vocación y terminó dejando su huella en los muros, lienzos y artistas de la ciudad.
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