Domingo de Ramos, domingo de fiesta, tradición, religiosidad, trabajo, todo eso reunió la jornada de ayer. A pesar del intenso calor, los templos y sus alrededores estuvieron llenos.
Desde el sábado por la tarde, los vendedores de palmas, procedentes, sobre todo de Dolores Hidalgo, coparon las zonas donde se ubican los templos de Belén, La Compañía, la Basílica y Cata.
“Yo soy de la Exhacienda de Guadalupe”, dice José Antonio, un hombre curtido por el sol y la necesidad, “vengo de Dolores, el pueblo adorado de José Alfredo; llegué ayer (sábado) para apartar un buen lugar”.
Afuera de Belén, José Antonio platica que en el rancho no hay mucha chamba; “como jornalero a veces trabajo pero ahorita no me han llamado, por eso estoy aquí, a ver qué vendo”.
Parece que se vino toda la comunidad de la Exhacienda de Guadalupe, porque enfrente, junto al Mercado Hidalgo, un grupo de 5 señoras dice ser del mismo sitio; entre ellas, María: “me vine junto con los vecinos, cada año lo hago, por lo menos desde hace unos 10, por fortuna nos va muy bien; el año pasado vendí como 60 piezas, ahora espero que la venta sea mayor”.
En el atrio de Belén la gente se apretuja para estar un poco más cerca del interior del templo; es imposible entrar, y es que los fieles quieren estar presentes en el momento de la bendición de las palmas, todos quieren entrar, pero se conforman con estar de lejecitos.
les salpican agua bendita
Bajo el solazo del mediodía, una señora que carga a un bebé, no pierde las esperanzas de que le toque algo de agua bendita.
El panorama es el mismo en La Basílica, mucha, mucha gente.
Sentada sobre la escalinata principal, Jesusa muestra una palma con la imagen de la Virgen de Guadalupe, “ella me cuida, me ayuda a sostener a mi familia”.
“Yo vengo a Guanajuato cada año a vender mis palmas y me va muy bien, gracias a ella que me da trabajo, y a la gente también”.
Junto a Jesusa, Ofelia dice ser de Tierra Blanca, y a pesar de venir de tan lejos, afirma no estar cansada, “sólo un poco molesta por tanto sol pero ni modo, allá en mi tierra también hay mucho calor y tierra seca, por eso no hay trabajo en el campo, y por eso, vendemos las palmas y sacamos para los gastos y obtenemos alguna utilidad”.
Sus artesanías las vende en 10, 20 y 35 pesos.
En La Compañía, después de la larga ceremonia religiosa, fue la bendición de las palmas. Tal vez un poco más de mil personas se acercaron lo más que pudieron para recibir en sus ramos y en sus rostros las refrescantes gotas de agua que los seminaristas esparcían auxiliados con ramas que introducían a cubetas llenas del vital y refrescante líquido.
Afuera, Martín y Guadalupe no se cansaban de tejer y vender sus artesanía que tenían las formas de cruces, ‘santísimos’ y otras cosas caprichosas creadas por su imaginación.