Historia 178
Esta es la historia 178 de 450 que te contaremos sobre León
Ana “La China” Frías no solo es un nombre en la historia del deporte; es sinónimo de disciplina y pasión, cualidades que llevaron a México a competir contra las potencias mundiales.
Con una trayectoria que abarca mundiales, giras por Asia y una exitosa faceta como entrenadora en la Universidad La Salle Bajío, Frías recuerda cómo un sueño que nació a los siete años se convirtió en una realidad que cambió su vida para siempre.
El despertar de un sueño olímpico
Todo comenzó con la chispa de aquellos inolvidables Juegos Olímpicos de México 1968. A pesar de su corta edad, el impacto de ver el deporte de alto nivel definió su rumbo.
En realidad fue desde la Olimpiada del 68; aquí vi por primera vez el vóley y, a partir de ahí, me gustó mucho. Desde niña me propuse estar en una selección nacional; tenía siete años apenas y, curiosamente, entré a la escuela y luego luego me dirigí al voleibol”.
Ana comenzó a jugar voleibol a los nueve años y a los 14 fue llamada a una preselección junto a otras 34 niñas, de las cuales solo 12 fueron elegidas.
“Era un selectivo para el Mundial de Brasil 76 y desafortunadamente yo no pude ir porque tenía que terminar la secundaria. Mi mamá me dijo, ‘vas a perder todo el año’; nada más me faltaba presentar los exámenes finales, entonces decidí terminar la secundaria”.
“Después entré a trabajo social y me volvieron a llamar a selección porque ya se venía el Campeonato Mundial del 81, y me volvieron a llamar en el 78 cuando regresaron, por lo que llegué con el equipo mayor, ya no con juveniles”.
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De admiradora a compañera de las mejores
Su ascenso fue meteórico: pasó de admirar a jugadoras a compartir la duela con ellas, representando a México en escenarios internacionales.
Llegué con el equipo mayor y con ellas me tocó ir a un NORCECA en Cuba, después fui al Panamericano en San Juan, Puerto Rico. Yo entré jugando primero con mayores y luego con juveniles, entonces para mí fue como sacarme la lotería, porque estuve entrenando con las mejores jugadoras, como Blanca García, considerada la mejor jugadora de México”.

A Blanca García la vio jugar en 1968 y, 10 años después, entrenó con ella como pareja de calentamiento.
“Después fue el Mundial Juvenil; participamos en NORCECA Juvenil, la Copa del Pacífico, la Copa del Rey, el Mundial, la Copa de Japón. Para esto, cada mes nos llevaban un mes a entrenar a Corea, un mes a Japón y un mes a Cuba; fue una selección que se mantuvo unida durante mucho tiempo”.
La era dorada: disciplina y alto rendimiento
“La China” formó parte de una generación privilegiada que contó con apoyo y fogueo internacional, bajo una disciplina estricta que marcó su carácter.
“Es la selección que más fogueo y más patrocinios tuvo. Nos patrocinaban Mizuno y Asics; nos daban uniformes, maletas, rodilleras y tenis. Todas teníamos lo mismo porque nuestro entrenador era coreano, lo que implicaba una disciplina distinta”.
La meta de ser mejor cada día
A pesar de no contar con la estatura promedio de las bloqueadoras internacionales, su potencia de salto y su disciplina la distinguieron.
“Yo en selección no era la más alta, pero era la que más saltaba. Para lograr eso tuve que hacer trabajo extra: me quedaba a correr o a hacer gimnasio y saltos, porque siempre quise ser mejor cada día. Para mí era una meta constante y eso fue lo que me llevó a donde llegué”.
El Mundial de 1981 y el salto internacional
El punto más alto de su carrera llegó en casa.
“El momento que más me marcó fue el Mundial realizado en México en el 81. Quedamos en cuarto lugar, compitiendo contra Japón y Corea, que eran las potencias en ese momento”.

Ese desempeño abrió nuevas puertas. Fue llamada por un equipo de Japón para jugar en la liga de aquel país.
“También estaba otra compañera, Danira Aragón, quien fue la primera en irse al extranjero a jugar; después Virginia Nájera, que en paz descanse; luego yo, y más tarde otras jugadoras como Pati Lomelí, Estelis Barraza y Lucrecia Dorador”.
Formando nuevas generaciones
Tras su retiro como jugadora, encontró en la Universidad La Salle Bajío un nuevo espacio para compartir su experiencia, donde ayudó a posicionar a la institución en el alto nivel deportivo estudiantil.
“Me tocó jugar cinco Universiadas, que es lo máximo a nivel estudiantil. No es tan fácil hablar de Universiada porque no cualquier universidad llega”.
Una pasión que no termina
Hoy, retirada también como entrenadora, su vínculo con el voleibol sigue intacto.
“No me pierdo ningún fin de semana que se juega. Ahí estoy viendo el voleibol, ya sea en televisión o la Liga Mundial. Es mi gran pasión. Aunque me retiré hace un par de años, sé que cumplí mi ciclo y me siento muy contenta de haber compartido tantos años con La Salle”.
Su mensaje para las nuevas generaciones resume su historia:
Mi filosofía de vida siempre fue que, si tienes un sueño, lucha por él y lo vas a lograr”.
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