Historia 177

Esta es la historia 177 de 450 que te contaremos sobre León

En la cancha se dedicaba a detener goles, a lanzarse por cada balón como si fuera el último.

En su casa, José Luis Lugo González “El Gato Lugo” (QEPD) se dedicaba a algo más importante: a enseñar a sus hijos a ser felices con poco, a no olvidarse del Barrio Arriba, a poner la música de la Sonora Santanera, a prepararles carne tártara y ensaladas, y a hacer bohemia con toda la familia.

Ahí estaba el verdadero “Gato”, no en la portería, sino en la vida.

“El Gato Lugo” creció en una familia humilde, donde el amor y el futbol eran parte de todos los días. Foto: Cortesía de la familia Lugo

“El Ronco” del Barrio Arriba

Nació el 29 de septiembre de 1945 en León, Guanajuato, en el Barrio Arriba, donde también lo conocían como “El Ronco”, un apodo que se quedó ahí, en las calles, con sus vecinos y recuerdos.

Creció en una familia humilde, donde el amor y el futbol eran parte de todos los días. Su mayor inspiración fue su hermano Ismael, su primer referente, a quien veía jugar y que terminó por marcar su camino.

Sus estudios académicos llegaron hasta la secundaria. Después, la vida tomó otro rumbo; el futbol estaba ahí.

De delantero a portero

Apoyado por sus padres e inspirado en su hermano, eligió que el futbol sería no solo un sueño, sino su manera de salir adelante.

José Luis Lugo inició su carrera como centro delantero. Pero un día faltó el guardameta; lo pusieron a él y ya nunca salió de la portería, cuenta su hijo Guicho Lugo.

El Gato Lugo

Más adelante, en la Unión de Curtidores, jugadores extranjeros le pusieron el apodo que lo acompañaría siempre: “El Gato”, por sus reflejos y su forma de lanzarse por el balón.

En su carrera profesional también formó parte del Club León y San Luis, pero su historia no se queda en los equipos.

Su hijo, José Luis Lugo Castillo, hace pausas al hablar: “Era muy amoroso… nunca nos gritó”. 

Su familia describe que era un hombre muy amoroso. Foto: Cortesía de la familia Lugo

No era un padre de imposiciones; era un padre presente.

“Creo que lo más importante que nos dejó fue el respeto… nunca le escuché hablar mal de nadie”.

La música, la cocina y la familia

Fuera del futbol, había otra rutina. Le gustaba escuchar a la Sonora Santanera, poner ambiente en su casa, acompañar las reuniones familiares, donde nunca faltaban las guitarras, las canciones y la convivencia.

Porque en la familia Lugo, además del futbol, siempre estaba presente la bohemia.

“Nos gustaba mucho cantar, estar juntos…”, recuerda su hijo Guicho.

Otro de los talentos del “Gato Lugo” estaba en la cocina: disfrutaba de preparar ensaladas y carne tártara para su esposa, sus hijos y sus nietos; era su forma de consentirlos.

Las vacaciones en Manzanillo

A unos meses de su partida, sus hijos lo recuerdan, sobre todo por los viajes a Manzanillo, una de sus playas favoritas. En cada entrenamiento y partido, dicen, está presente su mayor ejemplo.

Nunca se fue del futbol. Un año antes de su muerte, seguía activo como entrenador en la Universidad de León y en su academia Atlético San Sebastián.

Aunque la cadera ya no le respondía igual, iba: “Agarraba su sillita, se sentaba a un lado de la cancha y se ponía a trabajar, sobre todo con los niños”, comparte su hijo, quien asegura que nunca dejó de enseñar.

El legado sigue

Hoy, esa academia continúa. Sus hijos y sus nietos la mantienen viva: “más que negocio, es un legado”, dicen.

José Luis Lugo dejó a su esposa, Sara Castillo; a sus ocho hijos: Guicho, Miguel, Gerardo, Sara, Marisol, Jenny, Berenice y Tony; y a 16 nietos.

Cuando su hijo intenta describirlo, se detiene: “Para mí… fue mi amigo”, y resalta que lo que más admira de su padre fue la disciplina y el compromiso.

Porque al final, José Luis “El Gato” Lugo no se quedó solo en la memoria del futbol; se quedó en la mesa, en la música, en la familia, en la forma en la que enseñó a vivir a sus seres queridos.

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