Opinión

El último berrinche

Hace cuatro años cuando Donald Trump ganó la presidencia de los EEUU, el politólogo José Antonio Crespo escribió un lúcido artículo para el periódico El Universal en el cual habló sobre el sistema electoral norteamericano

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Por: Héctor Gómez de la Cortina Guerrero

Hace cuatro años cuando Donald Trump ganó la presidencia de los EEUU, el politólogo José Antonio Crespo escribió un lúcido artículo para el periódico El Universal en el cual habló sobre el sistema electoral norteamericano y algunos candados impuestos por los padres fundadores en caso de que un individuo peligroso pudiera llegar a la Casa Blanca. Esta semana, Crespo retomó el tema. Algunos de los datos de esta columna son producto del artículo antes citado.

El sistema electoral estadunidense, tan complejo e inexplicable para muchos. Un sistema que bien puede otorgar el triunfo a un candidato que haya perdido el voto popular como sucedió en 2000 y 2016 producto de que cada estado tiene una determinada cantidad de votos electorales y el candidato que resulte ganador en cada uno, se lleva todos los votos, sin importar que la diferencia sea mínima. No hay pues proporcionalidad, es todo o nada.

Así han funcionado los Estados Unidos desde su fundación y pronto se convirtieron en modelo a seguir por varios países del mundo. Fueron llenados de elogios por pensadores del calibre de Alexis de Tocquevillle, que sin embargo hizo mención del terrible pecado original que la sociedad norteamericana carga a cuestas y que sería muy difícil de extirpar: el racismo.

Pero volviendo al tema, tiempo después de haber concluido la jornada de votación, son los miembros del Colegio Electoral los encargados de recibir esos votos y en su caso otorgárselos a quien ellos consideren adecuado, no necesariamente al triunfador si caía en alguno de los siguientes supuestos:

Que no tuviera experiencia pública y política.

Que alentará la confrontación y el odio entre los norteamericanos.

Que recibiera ayuda o tuviera compromiso con cualquier potencia extranjera.

Lo anterior fue establecido por los padres fundadores en 1787 pues comprendieron lo que los griegos habían advertido: la democracia bien podía derivar en demagogia y por ende arrojar un gobierno nefasto para todos.

Donald Trump cumplía con creces los tres impedimentos. Desafortunadamente los apartidistas miembros del Colegio Electoral se convirtieron en un mero trámite de la voluntad popular y no se atrevieron a depositar los votos en alguien distinto ante el riesgo evidente que representaba el saliente presidente.

El asalto al Capitolio de la semana pasada es un hecho sin precedentes en la historia norteamericana. El propio presidente azuzó a sus simpatizantes a la violencia, con el pretexto de realizar un “acto patriótico”. Puso en jaque la democracia norteamericana y acusó un fraude sin presentar una sola prueba. Hay una buena cantidad de millones de ciudadanos que creen que el fraude existió y avalan la nefasta política de división del presidente Trump. Los supremacistas blancos han sido legitimados de nueva cuenta y costará una eternidad desbaratarlos.

El último berrinche de Trump aún puede tener consecuencias graves. Él se va, pero su discurso se arraigó y puede ser retomado en el futuro por otro populista republicano.

Vaya razón tuvieron los padres fundadores. Trump es el vivo ejemplo del daño irreparable que alguien puede provocar a la democracia y sus instituciones.

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