La primera República de México no se rompió por enemigos extranjeros, sino por dos amigos que juraron protegerla y terminaron apuntándose con cañones.

En 1827, México vivió un drama político que parecía una novela de suspenso. Nicolás Bravo, el vicepresidente y héroe de la independencia, huyó de la capital hacia Tulancingo ubicado en el Estado de Hidalgo. No iba de vacaciones; iba a armar una rebelión contra su propio jefe, el entonces primer presidente Guadalupe Victoria. Lo que estaba en juego no era solo el poder, sino el alma ideológica del país. Era la guerra de las logias masónicas: los “escoceses” (liderados por Bravo, conservadores y centralistas) contra los “Yorkinos” (federalistas y liberales).

El gobierno de Guadalupe Victoria sabía que la conspiración se cocinaba a fuego lento. Cuando Bravo se atrincheró en Tulancingo, zona que funciono como un refugio estratégico para los masones de la legia escocesa a finales de 1827 y principios de 1828, la tragedia fue inevitable. Guadalupe Victoria tuvo que enviar a otro héroe insurgente, Vicente Guerrero, a combatir a su antiguo compañero de armas. Fue una guerra fratricida. Hombres que años antes habían sangrado juntos para echar a España, ahora se mataban entre ellos por diferencias políticas.

La rebelión de Tulancingo fracasó, tras ser derrotados por las fuerzas yorkinas (Liberales-federalistas). Pero dejó una cicatriz profunda. Inauguró la maldición del siglo XIX mexicano: la incapacidad de aceptar la disidencia pacífica. Nicolás Bravo fue derrotado y exiliado, pero el precedente quedó marcado con sangre: en México, el peor enemigo del presidente solía dormir en la oficina de al lado.

Antecedentes:

Una de las fuerzas más poderosas del siglo XIX en México fue la filosofía masónica. Los hombres de aquella época encontraron en la masonería un camino para construir y limar sus virtudes en un complejo sistema de expansión de conciencias, con base en una ideología de principios liberales.

La masonería llega al México colonial, en la segunda mitad del siglo XVIII, de la mano de emigrantes franceses asentados en la capital, quienes serían acusados y condenados posteriormente por la Inquisición local. De igual modo, aún sin sustento documental, es muy probable que existiesen logias en el seno del ejército realista español destacado en la Nueva España. Por lo mismo que en la población criolla, primero autonomista y luego independentista, es improbable que existieran masones vinculados a la Orden a través de las ideas liberales de la ilustración francesa, tan en boga a finales del siglo XVIII. La confusión entre sociedades patrióticas latinoamericanas y logias masónicas es muy común entre historiadores masones y no masones, como León Zeldis Mandel y José Antonio Ferrer, ya que a principios del siglo XIX, la estructura operativa de ambas, es muy parecida, como lo apunta la historiadora Virginia Guedea.

Aunque las doctrinas que predicaban los masones no se oponían a ninguna religión, su rápida expansión causó alarma en la jerarquía católica.

Está comprobado históricamente que la independencia de México la iniciaron los masones. José María Mateos, prominente político liberal, es quien asegura, en 1884, que los más prominentes independentistas, como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende y José María Morelos, pertenecían a la masonería.

Según Mateos, estos líderes fueron iniciados en una logia denominada “Arquitectura Moral”, ubicada en la calle de Las Ratas No. 4 (hoy Bolívar No. 73). Lo cierto es que nunca se ha podido probar la existencia de dicha logia, ni tampoco hay pruebas documentales de que esos líderes efectivamente fueran masones.

En la época del primer imperio mexicano, varios masones inconformes con las innovaciones del rito escocés decidieron introducir en México el rito de York, cuya logia promovía las ideas liberales de Inglaterra y de Estados Unidos y que, supuestamente, no mezclaban la masonería con la política. Las clases privilegiadas optaron por incorporarse al rito escocés, como aquellos peninsulares borbónicos que insistían en quedarse con el poder heredado del auge virreinal. Las débiles pruebas documentales existentes apuntan que posiblemente el emperador Agustín de Iturbide y el fraile dominico fray Servando Teresa de Mier fueron masones. En los juicios que la Inquisición emprendió contra los insurgentes, el cargo de pertenecer a la masonería era muy común, ya que garantizaba la imposibilidad de probar la inocencia del acusado, dado el carácter clandestino de la orden. Así que los archivos de la Inquisición no hacen sino aumentar la incertidumbre sobre el tema.

A partir de la independencia, en 1821, buena parte de los gobernantes de México, hasta 1982, presumiblemente pertenecieron a la masonería.

Tanto la logia escocesa como la yorkina comenzarían a contender por el control de la administración gubernamental; y como en ese entonces a nadie se le ocurriría crear un sistema de partidos políticos, los ritos secretos comenzaron a surgir como banderas ideológicas. La guerra se desató a través de panfletos y periódicos, intrigas en el ejército, en las cámaras legislativas, en las corporaciones religiosas y, por supuesto, en las legislaturas de los estados de la recién creada república mexicana.

Todos los masones actuaban en la clandestinidad, efectuaban sus reuniones al amparo de la noche y empleaban una escritura cifrada para comunicarse entre ellos, ya que no podían darse a conocer en la sociedad civil.

Para reconocerse utilizaban el saludo y la firma, que incluía un triángulo, el emblema de mayor importancia en la masonería, ya que representaba el equilibrio de todas las fuerzas en una sola deidad.

Fuentes: 

“La gran masonería en México” Ciencia UANL.

“Historia General de México” y La Rebelión de Tulancingo (1827).

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