Qué ironía la de la vida que, en medio de tanta post-festividad y alegría, al menos eso se supone, alguien se haya dado a la tarea de designar el día más triste del año, y que además sea un lunes.
Un día que ya de por sí no goza de buena fama, porque representa inicio, exigencia, regreso, empuje forzado. Quizá por eso no resulta difícil entender que se le haya impuesto una etiqueta tan pesada de cargar.
Así nace el Blue Monday, no solo como concepto, sino como una sentencia anticipada. Señalado, repetido y compartido hasta ocupar un lugar fijo en el calendario emocional colectivo, asociado casi de inmediato con la melancolía, la nostalgia, la añoranza y todo aquello que, con solo nombrarlo, parece teñirse de azul.
Lo interesante no es si ese día es realmente más triste que otros, sino qué sucede cuando lo sabemos. Cuando la tristeza deja de ser una experiencia personal y se convierte en un acontecimiento masivo.
Cuando sentimos que algo debería doler, aunque no sepamos exactamente qué. Y, aun así, hay personas que convergen en esa idea y asumen el día como difícil de vivir.
Desde ahí, el tema deja de ser científico y se vuelve en esencia profundamente humano, nos obliga a mirar cuánto de lo que sentimos nace de nosotros y cuánto ha sido aprendido, repetido y asumido sin resistencia. Contrasta que el Blue Monday surge en el Reino Unido, en 2005, como parte de una campaña de publicidad que pretendía calcular, mediante una fórmula, el día más triste del año, vinculando factores como el clima, las deudas, el tiempo transcurrido desde Navidad y el abandono de los propósitos de Año Nuevo, sin embargo, casi de inmediato la propuesta fue rechazada por los científicos, pero la idea encontró eco, encontró terreno fértil en algo muy real: enero pesa, emocional, económica y simbólicamente.
Es el mes donde la luz parece escasa, las metas aún no arrancan y el entusiasmo de diciembre se siente lejano. Pero una cosa es reconocer el cansancio colectivo y otra muy distinta es decretar que hoy toca estar triste.
Antes incluso de que el término se popularizara como concepto social, la música ya había puesto sonido a ese ánimo gris que hoy reconocemos con tanta facilidad. Existen canciones dedicadas al Blue Monday donde la melancolía se vuelve el eje central.
Un ejemplo emblemático es la canción titulada de igual forma de New Order, lanzada en los años ochenta, cuyo ritmo bailable en realidad describe desasosiego emocional, incomodidad afectiva y el no saber nombrar todo lo que se siente.
Algo interesante del tema es que mucha gente lo desconoce, pero cuando saben que existe el Blue Monday, comienzan a sentirlo. No necesariamente porque estén peor, sino porque la idea ya está sembrada.
Es el efecto de la expectativa emocional. Si nos dicen que hoy es el día más triste del año, algo dentro de nosotros empieza a buscar razones para confirmarlo, desde factores externos como el tráfico, la gente y el ánimo anda raro. No porque antes no pasara, sino porque ahora tiene nombre y fecha, aparece una paradoja incómoda: vivimos en una cultura que romantiza la felicidad constante, pero al mismo tiempo necesita vendernos un día para estar mal.
La dictadura del ánimo feliz funciona así: sé productivo, sonríe, agradece, supérate, pero solo te permitimos estar triste si es enero, si es lunes y si está socialmente validado. El resto del año, la tristeza estorba.
Y esa idea, lejos de ayudarnos, también afecta porque si la actitud en esta fecha es buena, positiva entonces no encajas, así las inconsistencias sociales, yo lo único que espero es que el marketing no lo alcance porque si no, dentro de poco habrá un mal pretexto para el consumismo.
Nos enseñaron que mostrarnos en baja emocional es un error de actitud. Que si no estamos bien es porque no meditamos lo suficiente, no pensamos positivo o no nos esforzamos. Por eso el Blue Monday resulta tan atractivo: porque concede permiso.
Es como decirnos “hoy puedes sentirte así, mañana no”. Pero esa concesión, lejos de acompañar, termina por normar el malestar, si la actitud en esta fecha es buena, positiva entonces no encajas, así las inconsistencias sociales, yo lo único que espero es que el marketing no lo alcance porque si no, dentro de poco habrá un mal pretexto para el consumismo convirtiendo en mercancía rentable el malestar.
Hay datos curiosos alrededor de este día que refuerzan su carácter simbólico más que real. Por ejemplo, no existe evidencia sólida de que ese lunes aumenten los diagnósticos de depresión, ni las crisis emocionales, ni los índices clínicos de tristeza.
Lo que sí aumenta su presencia en los temas de conversación, las búsquedas en internet, publicaciones en redes, memes, campañas de “ánimo” y mensajes motivacionales que presionan a sentirse mejor incluso cuando alguien no puede.
La tristeza, cuando aparece, no siempre pide ser combatida. A veces pide ser escuchada. Y eso no cabe en una fórmula ni en un hashtag. El problema no es tener días azules, sino vivir en un sistema que solo acepta colores brillantes, que tal y nos rebelamos emocionalmente y nos permitimos días grises sin culpa cuando los demandemos.
Porque al final, no somos máquinas de buen ánimo. El problema no es el Blue Monday en sí, sino la forma en que seguimos evitando hablar de emociones de manera honesta el resto del año, del agotamiento, la autoexigencia porque a veces no estamos tristes, estamos cansados, a veces no necesitamos motivación, sino descanso. A veces no queremos soluciones, solo comprensión.
Este lunes azul que se aproxima, el número veintidós desde que fue nombrado, no habla de nosotros, sino de las narrativas que nos enseñaron a sentir por adelantado; quizá baste con atravesarlo sin consignas, sabiendo que ninguna emoción necesita permiso, calendario ni mercado para existir.