La presidenta Claudia Sheinbaum menciona que la soberanía será defendida ante cualquier amenaza extranjera y reitera: “Puedes no estar de acuerdo con el Gobierno de México pero no puedes estar a favor de una intervención.”

Las clases de historia al parecer le fallan a la presidenta puesto que olvida que en el siglo XIX hasta un banquete se le ofreció justamente al ejército norteamericano como grandes vencedores y defensores de “la gente bien”. Recordemos el episodio:

Nicholas P. Trist, encargado estadounidense de negociar el tratado por el cual nuestro país perdería más de la mitad de su territorio, comunicó al Departamento de Estado, en Washington, que en México no había partidarios de continuar la guerra, sino partidarios anexionistas que estaban decididos a obtener la incorporación a los Estados Unidos a cualquier precio.

El presidente James K. Polk, presentó la propuesta de anexar toda la República Mexicana a su país, el 4 de enero de 1848.  Sin embargo, su Congreso la rechazó, argumentando que los mexicanos tenían usos y costumbres diferentes a las suyas, además de otro idioma y otras creencias religiosas, por lo que nunca iban a poder encajar en la cultura estadounidense.

No querían apoderarse de todo México, ya que no sabrían que hacer con los millones de indígenas que habitaban por todo el territorio mexicano. Solo les interesaban los territorios norteños, en los cuales la población era muy escasa; prácticamente nula.

Los mexicanos partidarios de la anexión eran un “grupo de notables liberales” encabezado por el alcalde la ciudad de México, Francisco Suárez Iriarte, y otros liberales, entre los que destacaba Miguel Lerdo de Tejada (quien, siendo diputado liberal, en 1853, viajó a Turbaco, Colombia, a pedirle a Santa Anna que regresara a la presidencia; luego será Ministro de Hacienda de Benito Juárez y redactara la infame Ley de Desamortización de Bienes Eclesiásticos y Civiles, que se usará para despojar de sus tierras a las comunidades indígenas).

Ellos no querían darse por vencidos y, el 30 de enero de 1848, le ofrecieron un festejo al general en jefe del ejército invasor, Winfield Scott, en el monasterio carmelita del Desierto de los Leones, cerca de la capital. Ahí brindaron por los triunfos del ejército invasor sobre el mexicano y le pidieron que no detuviera la guerra, que siguiera las acciones militares hasta que todo México fuera anexionado a los Estados Unidos, o que, si así lo deseaba, se autonombrara dictador del país.

Eso fue consignado en el diario de un testigo, Ethan Allen Hitchcok:

“El General fue invitado por el Ayuntamiento de esta gran capital del país con el que estamos en guerra –¡con el cual aún estamos en guerra! –. El ayuntamiento tuvo el cuidado más especial de que se enviara una colación desde la ciudad, ofreciendo todas las delicias que ofrece el país, una multitud de cocineros, platos y toda clase de vinos y la mayor abundancia de todo. Colocaron sillas y una larga mesa extendida bajo un techo de lona con capacidad para más de cincuenta personas. Los miembros del consejo (incluso el alcalde) pronunciaron brindis, todos resueltamente amistosos, hacia el ejército norteamericano, y en dos o tres casos los mexicanos dijeron expresamente que esperaban que nosotros no abandonaríamos este país antes de destruir la influencia del clero y de los militares…”.

Dice también:

“…los hombres parecen muy sinceros. Son todos del mismo partido… y no vacilan en expresar su deseo de que las tropas norteamericanas puedan dominar este país hasta aniquilar completamente al ejército mexicano, a fin de que pueda establecerse con seguridad un gobierno civil adecuado… Dicen que, si el gobierno de los Estados Unidos cree deberle algo a México por el territorio exigido, ellos quisieran que las tropas norteamericanas se quedaran en el país y aseguraran un buen gobierno para México.”

Revelador, ¿tú lo crees?… yo también.

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