Vivimos en una época donde casi todo puede hacerse mejor, más rápido, más consciente, más productivo, más saludable, más presente. Y ahí, justo ahí, nace una sensación constante de insuficiencia.
No importa cuánto se haga, siempre parece faltar algo. Un pendiente invisible que debe ir conducido por una versión más comprometida de uno mismo. Ante esta situación también hace acto de presencia la culpa, se instala cual juez acompañada de interrogantes, generando un auto complot por la manera en que reaccionamos, respondimos o actuamos, con la creencia de que debió ser mejor, más atinada o de otra forma.
Lo más cruel del asunto es que normalizamos estos cuestionamientos aun cuando hayamos dado un buen resultado, un esfuerzo extra o incluso haber alcanzado el éxito, y no solo en el aspecto laboral, sino también en lo personal, alcanzando relaciones, vínculos y decisiones importantes.
Su presencia no se da como consecuencia del error, sino como castigo por no haber sido impecables. El logro pierde peso frente a la revisión minuciosa de lo que pudo haber sido distinto.
El esfuerzo real se vuelve insuficiente frente a una voz interna que nunca termina de conceder aprobación. Más que corregir, opera como una búsqueda constante por señalar lo que faltó, lo que no se dijo, lo que pudo haberse hecho mejor desde un ideal que cambia según el contexto. Insiste sin acusar abiertamente, pero desgasta.
Con el tiempo, se vuelve parte del paisaje emocional. Se integra al pensamiento cotidiano, al lenguaje interno, a la forma en que se mide el propio valor. Aparece disfrazada de responsabilidad, de compromiso, de ganas de mejorar. Y aunque en apariencia parece constructiva, en el fondo opera como una exigencia constante que nunca se satisface.
Esta lógica se cuela en todos los ámbitos. En el trabajo, donde cumplir no basta si no se hizo con absoluta eficiencia.
En la vida personal, donde amar, acompañar o estar presente parece insuficiente si no se hizo de la forma “correcta”, incluso en el descanso, creemos no merecerlo porque lo confundimos con holgazanería, con la sensación de estar fallándonos incluso a nosotros mismos. Es vivir con la sensación de que nada termina de cerrar del todo, de que siempre hay algo que ajustar, corregir o reprocharse.
Es una especie de trampa en nuestra vida. Seguimos el patrón social que el valor personal está directamente ligado al rendimiento. A cuánto se da, a cuánto se aguanta, a cuánto se responde sin quebrarse, como si cansarse fuera una falta y no una consecuencia natural de estar implicados emocionalmente, se alimenta del “debí” que invalida lo que sí fue.
De ese impulso por minimizar lo logrado para enfocarse en lo que faltó. De la dificultad para aceptar límites sin sentir que se está fracasando. Poco a poco, la autoexigencia se vuelve regla y la autocompasión una rareza.
Y hay algo profundamente injusto en reclamarse más justo cuando ya se dio todo lo posible desde el lugar que se tenía. Desde el contexto emocional, mental y circunstancial real, no desde el ideal. Sin embargo, esa injusticia se normaliza. Se vuelve hábito. Se integra a la identidad y se acumula.
La liberación a este sentimiento no implica desentenderse de las responsabilidades ni dejar de comprometerse. Implica dejar de castigarse por no haber sido perfectos. Porque esa culpa se cobra caro: se lleva la calma, el disfrute y la sensación de haber hecho lo suficiente.
Conviene entonces mirarla con honestidad, entender su origen y restarle poder. Suplantarla, poco a poco, por una forma más justa de mirarse: el agradecimiento por lo que sí se sostuvo, la satisfacción de haber respondido desde el lugar posible, el reconocimiento del propio esfuerzo.
Dejar de estar disponibles para ese juicio interno que nos invita a repetir la escena, a corregir lo que ya fue, a sabotear lo hecho. Porque no todo lo que pudo ser distinto necesitaba ser mejor, y no todo lo que fue suficiente merece ser castigado.