Si el ser humano puede presumir de algo, es de su capacidad de ensayar el futuro en la imaginación: proyectarlo, habitarlo antes de tiempo, sentirlo posible.
Planea, sueña, anticipa; aunque casi siempre elige la prudencia y guarda silencio sobre esos escenarios íntimos donde ya vive una realidad que todavía no sucede pero que en su interior late como certeza.
Y aunque a veces la postergue o la ponga en pausa, esa visión sigue ahí, esperando el momento en que alguien decida concederle existencia.
Quizá por eso, si tuviéramos alas, no hablaríamos de ellas. Las usaríamos, porque no representan un símbolo exagerado. Son una disposición. Aparecen cuando algo incomoda lo suficiente como para movernos, cuando la vida deja de pedir resistencia y empieza a exigir continuidad. No se trata de volar alto. Se trata de no quedarse detenido.
Adaptarse no siempre es rendirse. Pero conformarse puede ser una forma elegante de abandono. Aprendemos a funcionar.
A cumplir. A sostener. Y en ese proceso dejamos versiones nuestras en pausa: proyectos que no fracasaron, solo quedaron esperando menos miedo y más permiso.
No todos los sueños mueren por falta de valor. Muchos se archivan por cansancio. Por amor. Por responsabilidad. Por el recuerdo de un intento que no salió como esperábamos.
La prudencia nos protege, sí, pero también nos reduce. Y, aun así, algo perdura, en la inquietud mínima, el recuerdo de lo que queríamos y por la razón que sea sigue en intención.
Soñar no es ingenuidad; es claridad. Es reconocer qué nos enciende. Actuar no es precipitación; es coherencia.
A pesar de que nunca hay certeza absoluta. Decidir siempre implica riesgo. Pero no decidir también es una elección, y casi siempre es la que más nos encoge.
Hay una fuerza silenciosa en volver a intentar. En retomar sin promesas enfáticas, pero sin negaciones definitivas. En empezar solo con honestidad. El movimiento cambia algo, reordena, abre espacio y nos recuerda capacidades que creíamos dormidas.
Y es después de esa pausa consciente cuando el potencial se expande, quizá no de inmediato, pero inevitablemente.
Vivir con las alas abiertas no significa no tener miedo. Significa que el miedo no decide por nosotros. Que detenerse es válido, pero quedarse inmóvil no. Que el entusiasmo no es un exceso: es una brújula.
Tal vez hoy no sea el día del gran salto, pero puede ser el que dé continuidad, ero puede ser el día de la continuidad. De enviar el mensaje. De retomar la idea. De decir que sí a algo que importa. Las alas no exigen heroicidades; piden decisión.
Y esta es la parte que conviene no olvidar: no estamos tarde. No estamos fuera. No estamos rotos. Mientras algo nos mueva, aunque sea solo un poco, hay expansión posible. La vida no crece con certezas, crece con intentos.
Si tuviéramos alas, si aceptáramos que las tenemos, no volaríamos para escapar del suelo, sino para pisarlo distinto, con más intención, con más conciencia de lo que queremos construir.
Porque las alas no prometen altura. Prometen movimiento, que es lo único que transforma la imaginación en experiencia, la intención en historia y el deseo en destino.
No se trata de escapar de lo que somos, sino de atrevernos a convertirnos en lo que ya intuíamos que podíamos ser. Al final, las alas nunca fueron para huir del suelo, sino para recordarnos que siempre hemos tenido la capacidad de impulsarnos desde ahí.