Cada 8 de marzo las calles se llenan de pañuelos morados, consignas y memoria. El Día Internacional de la Mujer dejó de ser hace tiempo una efeméride protocolaria para convertirse en una de las movilizaciones sociales más poderosas del mundo contemporáneo.
En México, el 8M es hoy una mezcla de protesta, duelo y esperanza. Es, también, un espejo incómodo que obliga a mirar de frente los avances, pero sobre todo las deudas pendientes con las mujeres.
LOS LOGROS QUE NO SE PUEDEN NEGAR
Sería injusto negar que el movimiento feminista ha producido cambios profundos. Muchos derechos que hoy parecen normales fueron conquistados gracias a décadas de lucha: el voto femenino, leyes contra la violencia de género, paridad política, refugios para mujeres víctimas y la criminalización de la violencia digital, como ocurrió con la llamada Ley Olimpia, que sanciona la difusión de contenido íntimo sin consentimiento.
Además, el feminismo ha logrado algo aún más profundo: cambiar la conversación pública. Hoy conceptos como violencia de género, micromachismos o feminicidio forman parte del debate social.
Las marchas del 8M han contribuido a visibilizar historias que antes quedaban en silencio. Las consignas que llenan pancartas, “Ni una menos”, “No llegamos todas”, recuerdan que la lucha no es simbólica sino vital.
En un país donde la violencia sigue marcando la realidad femenina, esa visibilidad es indispensable. En 2025 se registraron cerca de 2 mil 795 asesinatos de mujeres en México, de los cuales 721 se investigaron como feminicidio. La cifra evidencia que el problema no es ideológico sino estructural.
LAS DEUDAS QUE SIGUEN ABIERTAS
Sin embargo, el feminismo también enfrenta un dilema evidente y es que la movilización ha crecido más rápido que las soluciones.
Cada año las marchas son más multitudinarias, pero las estadísticas de violencia apenas cambian. Investigaciones sobre políticas públicas en México muestran que, incluso con leyes específicas, la reducción de feminicidios ha sido limitada cuando persisten factores como la impunidad o la falta de investigación eficaz.
En otras palabras, el movimiento ha logrado instalar el problema, pero el Estado aún no ha logrado resolverlo.
Aquí aparece una de las tensiones centrales del 8M, que es la distancia entre la protesta y la política pública. Marchar visibiliza, pero no sustituye a instituciones eficientes, fiscalías capaces o sistemas judiciales que castiguen a los agresores.
LA PARTE INCÓMODA DEL DEBATE
En ese contexto aparecen críticas como las que plantea la filósofa Roxana Kreimer en su video “Día de la mujer: la parte incómoda que nadie quiere debatir”. Su postura cuestiona lo que denomina “feminismo hegemónico”, al que acusa de simplificar el problema como una lucha entre hombres y mujeres o de ignorar datos que no encajan con esa narrativa.
Aunque muchas feministas rechazan estas críticas, ignorarlas tampoco ayuda. El debate incómodo revela algo importante, que el feminismo no es un bloque homogéneo, sino un campo de ideas en disputa.
Hay quienes consideran que el movimiento corre el riesgo de radicalizarse o de caer en discursos de confrontación que dificultan alianzas sociales más amplias. Otros responden que la radicalidad surge precisamente de décadas de violencia e indiferencia institucional.
Ambas posturas tienen algo de razón.
EL DILEMA DE LAS FORMAS
Otro punto de tensión son las formas de protesta. En cada 8M surge el mismo debate: pintas, monumentos intervenidos o confrontaciones con la policía.
Para algunas mujeres estas acciones son una forma legítima de protesta frente a la indiferencia institucional. Para otros sectores, terminan eclipsando el mensaje central.
La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿qué tan eficaz es una protesta si la discusión pública termina centrada en los daños materiales y no en las víctimas?
EL IMPACTO REAL DEL 8M
A pesar de las críticas, el 8M sigue siendo una de las pocas movilizaciones capaces de sacudir a gobiernos, medios y sociedad. Cada año recuerda que la desigualdad de género no es un tema resuelto.
Las marchas recientes en México han vuelto a repetir el mismo mensaje, que miles de mujeres salen a exigir justicia por asesinatos, desapariciones y violencia cotidiana.
Y ese recordatorio, aunque incomode, es indispensable.
HACIA UN FEMINISMO MÁS AMPLIO
Tal vez el reto del feminismo contemporáneo no sea solo seguir marchando, sino ensanchar el diálogo.
Un movimiento más fuerte no es el que evita las críticas, sino el que es capaz de debatirlas. Eso implica reconocer que la violencia contra las mujeres existe, pero también que las soluciones requieren algo más complejo que consignas: políticas públicas efectivas, justicia real y cambios culturales profundos.
El 8M no debería ser solo un día de indignación. Debería ser, sobre todo, un día para pensar cómo construir una sociedad donde la igualdad deje de ser una consigna y se convierta en una realidad cotidiana.
Porque el feminismo, en su esencia más profunda, no busca una guerra entre sexos. Busca algo mucho más difícil: una convivencia más justa.