En este día de la Candelaria en el Tezontle hace falta algo, quizá es la ausencia de una imagen por todos conocida y adornada con flores o la falta de un grupo famoso que alegre la vida con su ritmo norteño.
En la memoria de los habitantes de esta colonia pachuqueña aún perdura las noches inolvidables de baile y zapateado, tachún, tachún, con los más variados licores que duraban hasta la madrugada y que le dieron al barrio fama nacional e incluso internacional.

Lejos quedaron las canciones de los Invasores de Nuevo León sobre un enorme y brillante escenario instalado a un costado de la cancha de fútbol de la colonia, del otro lado un complejo igual pero con las Estrellas Andinas que interpretan cumbias.
Al mediodía, la cancha de futbol luce desierta y seca por un sol de invierno.

El sonido inesperado de un cohetón anuncia que se festeja la Candelaria en el Tezontle con mañanitas, una santa misa en la iglesia de San Juanita de los Lagos, allí en el Centro de Evangelización Catequesis Juan Pablo II que fue construido y donado por el otrora famoso Heriberto Lazcano, según reza la placa pegada en el patio.

Ese tronido también recuerda la procesión con la imagen acompañada de banda a las cinco de la tarde de este día.
Sin la misma opulencia, los habitantes de la colonia conservan sus tradiciones. Acá están los juegos mecánicos para los chamacos, allá un grupo de jóvenes plática a carcajadas al formar un círculo en cuyo centro están varias caguamas.

Suena la música de la banda proveniente de dos músicos tristes, sobrevivientes de glorias pasadas y desde una camioneta negra suena un corrido que narra hazañas que ya nadie recuerda.
Varios hombres colocan unas tarimas de madera en el rodeo del Tezontle donde apostarán a los gallos en la noche.

Contrasta con la estructura de metal que instalaban en años pasados para recibir a las ganaderías de otros municipios. Solo recuerdos.